martes, 25 de agosto de 2026

Los personajes de las calles Rocafuerte y Venezuela que vivirán por siempre en el recuerdo

Esquina de la Rocafuerte y Venezuela, en el Casco Colonial de Quito.
Esquina de las calles Rocafuerte y Venezuela. En la gráfica, Rosa Flores (viste falda) frente al heladero Manuel Nicanor. Fuente: Grupo de Quito, fotografías antiguas.

Rosa Flores Revelo nació en Tulcán, provincia del Carchi, en 1905. Llegó a Quito siendo muy joven, cuando apenas tenía 15 años, después de quedar huérfana. Dedicó su vida a la venta de periódicos y revistas en la esquina de las calles Rocafuerte y Venezuela del Centro Histórico. Su puesto se convirtió en el sustento de la familia y en un punto conocido para quienes transitaban por aquella zona. 

Patricio Domínguez es su nieto y vivió con ella desde los siete años. A los nueve comenzó a ayudarla en el negocio diariamente. En las madrugadas debía subir hasta La Victoria, en San Roque, para recibir los periódicos que llegaban desde San Bartolo, donde se imprimían. Después regresaba a la esquina para venderlos.

Esos momentos viven en su memoria y corazón: mientras él voceaba “¡El Comercio, El Comercio!”, su abuela lo esperaba con un termo de leche caliente y un pan con queso y jamón. Quito era frío en horas de la madrugada y aquel desayuno era una forma de entrar en calor antes de comenzar la jornada.

La familia compraba los alimentos diariamente porque en aquella época no existían las refrigeradoras. La carne se adquiría donde una señora Rosita, en la zona de Santa Clara de San Millán; la manteca de cerdo se compraba donde doña Clarita, en San Roque. La alacena de madera servía para guardar los alimentos y permitir su ventilación.

Los personajes de la esquina

Hubo varios comerciantes y personajes que formaban parte de la cotidianidad. Uno de ellos era Manuel Nicanor, conocido por vender helados de mora y guanábana; siempre le ponía un puntito de arrope en la punta de la crema; era muy querido por la gente. También estaba el propietario del Almacén Popular, Jorge Polo, recordado como una persona muy respetada en el barrio.

Frente a estos comercios funcionaba la papelería de Hugo Muñoz Gavilanes, quien distribuía productos estadounidenses de papelería: bolígrafos, stickers, tarjetas y recuerdos. Posteriormente también se convirtió en distribuidor de los cuadernos La Reforma. Patricio Domínguez recuerda que trabajó allí durante su adolescencia, aproximadamente hasta los 15 o 16 años.

Otro lugar especialmente presente en sus recuerdos es la Heladería Caribe, famosa por sus dulces, quesadillas y tortas de chocolate. Una mujer comercializaba huevos cocidos. Mientras vendía, sus productos, solía decir en voz alta: "¡Le pelo el huevo señor! ¡Le pelo el huevo señorita!".  

También recuerda a quienes vendían las tradicionales colaciones y mistelas, dulces que formaban parte del paisaje gastronómico del Quito de esa época.

Una ciudad que parecía más tranquila

Domínguez recuerda que había mucha menos delincuencia y existía una sensación de tranquilidad. Su memoria asocia una imagen de Quito como “isla de paz”ciudad franciscana. No se trata solamente de una descripción histórica, sino de la percepción de cuando era niño y podía recorrer libremente las calles y convertir los espacios públicos en lugares de juego.

Uno de sus sitios favoritos era el pretil de calle Venezuela, con sus pequeños muros y barandas de hierro. Allí imaginaba que era piloto de carreras. Mientras recorría los pretiles, reproducía en su imaginación las transmisiones deportivas de Radio Nacional Espejo y Radio Melodía de la Vuelta Automovilística al Ecuador, dos emisoras que recuerda como grandes referentes del deporte quiteño.

Se imaginaba que era Luis "loco" Larrea al volante y que disputaba cada carrera. Por eso, aquel muro se transformaba en una pista de automovilismo y él, en un corredor que competía vuelta tras vuelta. 

La Navidad también transformaba el sector

El comercio aumentaba y el puesto de la abuela se llenaba de productos propios de la temporada: bombillos, luces navideñas y algodón utilizado para simular la escarcha en los árboles.

La esquina era, según Domínguez, un lugar intensamente comercial. Por eso la esquina no era simplemente un punto geográfico. Era casa, trabajo, escuela de vida y lugar de encuentro.

La memoria de Rosa Flores Revelo

Rosa tuvo cinco hijos, todos quiteños, y falleció en el año 2000, a los 95 años. Su nieto aún conserva una imagen muy particular de sus últimos días. Cuenta que su abuela permaneció lúcida hasta el final de sus días y que continuaba realizando sus actividades cotidianas: cocinar, limpiar y lavar.

Quince días antes de su muerte había fallecido una de sus nueras, pero la familia decidió no contarle la noticia para evitarle sufrimiento. Una noche, sin embargo, Rosa dijo que había venido a verla Maruja, la esposa de su hijo Carlos, y que le decía que se fuera con ella. La familia quedó sorprendida porque Rosa no sabía que Maruja había fallecido.

Según el relato de Domínguez, aquella misma noche Rosa se quedó dormida y murió tranquilamente al día siguiente.Conserva este episodio como una de las últimas y más conmovedoras historias.

El pan de los Quisimalín

Entre los recuerdos aparece también el antiguo pan que llegaba desde Ambato y que se vendía en un mercado ubicado en las cercanías del penal García Moreno.

El entrevistado recuerda panes de queso, de mantequilla, de yema y con carne. Los describe como una verdadera delicia y asegura que, aunque ha intentado encontrar aquel sabor incluso viajando a Ambato, nunca volvió a encontrarlo.

Esos recuerdosson importantes porque permiten reconstruir la ciudad desde los sentidos: el olor del pan recién llegado, la leche caliente de la madrugada, la manteca de cerdo, los helados de mora y guanábana, las quesadillas y las tortas de chocolate.

La esquina del movimiento

La esquina del movimiento en los 70. Fuente: Esteban A. Pictures. 

Uno de los datos más interesantes es que aquella zona (Rocafuerte y Venezuela) era conocida popularmente como “la esquina del movimiento” por la presencia de comerciantes, periódicos, papelerías, alimentos, niños, compradores, trabajadores y transeúntes confluyendo diariamente.

La fotografía de Rosa frente al Almacén Popular constituye un vínculo material entre aquella memoria oral de la gente y los recuerdos del Quito antiguo.

La historia de esta esquina no está solamente en sus edificios, en los registros catastrales o en las imágenes antiguas. Está también en la voz de quienes crecieron allí. En la abuela que esperaba a su nieto con leche caliente antes del amanecer; en el niño que imaginaba ser piloto de carreras sobre los pretiles; en los helados de don Nicanor; en la papelería de Hugo Muñoz Gavilanes; en los periódicos voceados por las calles; en el pan que llegaba desde Ambato y en los comercios que convertían aquel lugar en un punto de intercambio comercial y amistad. 


domingo, 23 de agosto de 2026

El pan de Quisimalín, un sabor en el olvido del San Roque antiguo

Las afueras del antiguo Mercado de San Roque, hoy llamado Mercado de San Francisco. Fuente: Quito Informa.

El mercado de San Roque guarda recuerdos que perviven en la memoria de los quiteños de antaño, pero también hay historias que se han olvidado con el tiempo. Tal es el caso del pan de Quisimalín, que se consumía masivamente entre los vecinos de ese sector desde la década de 1950 hasta finales de los años ochenta aproximadamente. 

Uno de esos moradores es Jorge Carrera, de 75 años, quien llegó a Quito desde Ambato (Tungurahua) junto con sus padres y se instalaron a vivir en San Roque, en una casa ubicada en la calle Chimborazo, entre Bolívar y Rocafuerte. Recuerda que en el mercado se vendía pan de Ambato, pero existía uno de sabor especial y era preparado por un indígena de origen ambateño de apellido Quisimalín.
 
El producto tuvo tanta acogida que los moradores comenzaron a llamarlo "Quisimalín" a cada uno de estos panes. "Era cotidiano escuchar a la gente de ese tiempo decir: Véndame tres quisimalines", recuerda Carrera. 

No se trataba de una panadería. Era un pequeño puesto ubicado dentro del mercado de San Roque, cerca de la entrada principal por la calle Rocafuerte. El producto se exhibía en una gran caja de madera con vidrios, para que los clientes puedan observarlo.

La familia elaboraba en Quito un pan con la receta tradicional que era secreta. “Ese pan de Ambato le soy sincero, lo extraño”, cuenta Carrera. Aunque ha viajado varias veces a la capital del Tungurahua, nunca volvió a encontrar un pan igual al que elaboraba aquella familia.

Para los vecinos de San Roque, el llamado “pan de Quisimalín” se convirtió en uno de los favoritos.

La tradición, sin embargo, desapareció con la muerte del hombre que lo elaboraba y vendía. Ningún integrante de esa familia continuó con la producción y, con el paso de los años, el recuerdo quedó limitado a quienes conocieron aquel pequeño puesto.

¿Cómo eran los quisimalines y otros panes?

Carrera recuerda incluso algunas de las variedades que más disfrutaba en su infancia. Una eran los molletes que tenían un condumio de carne mechada y eran sabrosos. Existía otra variedad de masa suave y ligeramente dulce, tostado por fuera y con un sabor particular que lo hacía especialmente atractivo para los niños.

También estaban las rosas, muy suave que tenía la forma de una flor. Y estaban las empanadas de queso, diferentes de las que actualmente se encuentran en las panaderías. Tenían abundante queso y, recuerda Carrera, en ocasiones parte del relleno se salía por los bordes durante la cocción.

El precio exacto de aquellos panes se ha perdido en su memoria. Sin embargo, recuerda perfectamente una costumbre de la época: el denominado “pan con vendaje”, una especie de yapa que entregaban algunas panaderías.

Por un sucre, explica, se podían recibir seis panes en lugar de cinco. Algunos vecinos incluso han viajado a Ambato para buscar un pan similar, pero no lo han logrado. Lo definen como una "golosina inigualable"

La panadería de los Ponce Enríquez

En la calle Bolívar, cerca de la iglesia de San Roque y en dirección hacia San Francisco, existía además la panadería de la familia Ponce Enríquez, relacionada con el expresidente Camilo Ponce Enríquez, quien gobernó Ecuador en el periodo 1956 - 1960. 

Allí se vendía un pan pequeño y suave conocido como “los Camilos”, haciendo referencia al nombre del exmandatario. Carrera recuerda que cada pan costaba alrededor de 20 centavos, pero al comprar un sucre de pan se recibía uno adicional.

Son detalles que, aunque parecen pequeños, permiten reconstruir la vida cotidiana de aquel Quito en el que las monedas, las “yapas” y las compras diarias formaban parte de la rutina de las familias.

Un mercado diferente al actual

Carrera también hace una precisión sobre las fotografías antiguas del mercado que circulan en redes sociales. El lugar que recuerda era conocido por los vecinos como mercado de San Roque. Le llama la atención que actualmente algunas referencias lo denominen mercado de San Francisco.

Desde la esquina del mercado hacia la parte superior no existía otro centro de abastos, sino principalmente viviendas. También había lavanderías y baños públicos. Más arriba comenzaba el camino hacia el antiguo penal García Moreno.

El mercado, por tanto, no era solamente un espacio comercial. Era parte de un barrio densamente habitado y de una ciudad que todavía tenía buena parte de su actividad concentrada en el Centro Histórico.

La manteca de chancho y las tiendas de barrio

Entre los recuerdos que más le llaman la atención a Carrera está la manera en que se compraban algunos productos básicos.

El aceite todavía no formaba parte de las compras habituales de muchas familias. Para cocinar se utilizaba principalmente manteca de chancho.

Frente al mercado había una tienda que era uno de los principales establecimientos. Allí la manteca se vendía al peso, utilizando las antiguas balanzas de dos platillos. El producto se envolvía incluso en trozos de papel, que en ocasiones podían ser periódicos.

Son escenas que hoy parecen lejanas, pero que para quienes vivieron aquel Quito formaban parte de la cotidianidad.

viernes, 14 de agosto de 2026

"Dios me dio una oportunidad": La historia de Carlos Ordóñez, el bailarín callejero de Quito

Carlos Ordóñez caminando junto a La Catedral, en el Centro Histórico de Quito. Foto: Diego Bravo. 

Carlos Gustavo Ordóñez Macías, de 46 años, es un conocido personaje que recorre las calles y plazas del Centro Histórico de Quito. La gente lo identifica inmediatamente cuando aparece con su parlante y baila las canciones de Gary Glitter, el icónico cantante británico de rock and roll a quien considera su máximo ídolo. 

En el sector lo conocen como “Tío Renato” o “Borrego” por su cabello ensortijado. Hace dos años, mientras recorría las calles del Casco Colonial durante un fin de semana, lo encontré bailando frente a un grupo de personas. Tras terminar su show me acerqué y accedió a una entrevista, que la he tenido guardada por largo tiempo. 

En ese tiempo, se pintó el cabello de verde con spray para grafitis. Lo acompañaba su perrita la que bautizó como Niña

Quito ha tenido personajes icónicos a lo largo de la historia, ¿se le puede considerar al "Borrego" como una de las nuevas figuras del Centro Histórico como el Águila Quiteña u otro?

¿Cuál es su nombre y de dónde es usted?

Me llamo Carlos Gustavo Ordóñez Macías. Soy de Quito, específicamente del sector de San Juan, detrás de La Basílica, del parque Matovelle. Mi perrita se llama Niña y me acompaña a todas partes, es mi mejor amiga.

¿Cuánto tiempo lleva dedicándose a bailar?

Para serle sincero, yo andaba robando, andaba en malos pasos. Pero Dios me tenía preparada una oportunidad y, para serle sincero, pagué cana en Cuenca y no me gustó. Con todo respeto, cuando murió mi mamá, yo estaba en Cuenca (detenido). Ahí comprendí todos los consejos que me daba: “El bien pagas bien, el mal pagas mal”. Entonces, Dios me dio una oportunidad.

 ¿Desde qué edad comenzó a robar?

De chamo, más o menos desde los ocho años y medio.

¿Y cómo empezó?

Eran cosas sencillas, pero después ya lo hice en cosas más fuertes. Lo más sencillo era robarme unos cinco sucres. Y terminé robando más alto, hasta 100 dólares.

¿Robaba en la calle?

Sí, a los transeúntes, pero me arrepiento de todo corazón.

¿Su mamá de qué murió?

Tenía una fuerte diabetes.

¿Por qué no baila reguetón?

No me gustan las canciones de ese género. Cantan pestes, con todo el respeto. Hay una que habla de un gato volador, ¿qué es eso? Nunca se ha visto un gato volador. Así hay otras sin sentido. Yo escucho Gary Glitter y me he convertido en un personaje viral en TikTok. Me subieron a esa red social los de un restaurante en el Centro Histórico. 

¿Usted ahora sobrevive de lo que baila?

 Sí, pero a veces la gente no me colabora. Yo paso bailando y existen personas que me regalan 25 centavos o me filman. Una vez me dijeron: “Oye, te están filmando, estás en TikTok, eres viral”. Soy viral, todo el mundo me ve. Me siento bien al saber que todo el mundo me reconoce y más con la música del recuerdo, de la vieja guardia. Esto me agrada, pero al rato de pedir una colaboración no me apoyan. O sea, me graban con sus celulares y se hacen los tontos.

¿Cuánto es lo máximo que ha conseguido en un día?

Lo más que he sacado han sido unos cuatro o cinco dólares.

¿Y eso le alcanza para vivir?

Para sobrevivir el día a día. También colaboro cortando las hierbas del parque; alguito me dan para comer y subsistir. 

¿Dónde vive actualmente?

Duermo en el parque Matovelle, atrás de la visera. Dos veces me ha sacado el Municipio, pero no hago mal a nadie. Mejor cuido a la gente y le ayudo

¿Cómo se consiguió el parlante?

Con mi plata que saqué del baile y de lo que cuido carros. Me costó unos 40 dólares. Me quiero comprar otro, pero hay mucha gente que me sigue y no me colabora, pese a que sabe donde vivo.

¿Tiene algún apodo?

Me dicen borrego porque soy zambo desde chiquito.

¿Porqué está con la cabellera de color verde?

Me pinté con aerosol para grafitis. No me hizo daño, pero no tenía plata para comprar otra cosa. Llama mucho la atención cuando bailo y muevo la cabeza. 

¿Dónde consigue la ropa?

Me la regalan. Esta chompa de vigilante que llevo puesta me la obsequió un amigo. Todo proviene de las manos generosas.

¿Por qué no busca otro trabajo?

No me gusta tener jefes. Yo soy el jefe y el empleado. Si quiero laboro y si no quiero simplemente no lo hago; lo mejor es depender de uno mismo. 

¿Por qué no tiene dientes?

De chamo perdí una parte de los dientes porque tuve un accidente en bicicleta.  El resto se fue cayendo poco a poco. No me he puesto otros y vivo así. Ni siquiera me quedan las muelas. Solo tengo encías. 

¿Cómo se alimenta?

Trato de masticar con las encías que son duras. Casi no puedo comer carne y no la consumo, me toca machacar mucho para digerirla.

¿Cuántas veces al día se alimenta?

Una vez, pero más me pego pan con cola. También voy a los restaurantes que me conocen para pedirles que me regalen un plato de comida. Siempre lo hago con mucho respeto.

Carlos Ordóñez junto a su mascota que se llama Niña. Foto: Diego Bravo C. 








 

miércoles, 12 de agosto de 2026

10 datos históricos clave del parque de La Alameda en Quito

Construida por el arquitecto Francisco Schmidt en 1895. Actualmente, esta pileta no existe.
La fuente de la Plazuela de La Alameda que ya no existe. Foto tomada en 1901. Autor: Anónimo/Colección del BCE.

El Parque de la Alameda es uno de los tradicionales e históricos lugares de esparcimiento en Quito. Su historia refleja una parte del crecimiento de la ciudad y conserva recuerdos que forman parte de la identidad y memoria de los quiteños. 

Para rendir homenaje a este lugar, voy a contarles 10 datos clave que los quiteños deben conocer:

1. El corregidor Francisco de Sotomayor, en 1596, propuso poner en orden los ejidos, los tambos y los montes anexos a la ciudad que eran ocupados por colonos e indígenas. Los trabajos iniciaron el 8 de marzo de 1596.

2.- ¿Qué significa La Alameda? Es un arbolado de álamos nativos de Europa. Los cronistas de esa época afirman que Sotomayor se inspiró en la Alameda de los Obispos de Córdoba para denominar al campo que se alistaba en Quito. 

La antigua esquina de La Virgen en La Alameda en 1950
La antigua Esquina de La Virgen en 1950, junto a La Alameda. Foto: Remigio Noroña / Archivo BCE. 

3.- En Quito no existían de forma natural los álamos, sino otras especies nativas. Por eso, en ese tiempo, resultaba exótico el nombre de Alameda. Aunque el parque recibió el nombre de La Alameda precisamente por un proyecto colonial centrado en la plantación de álamos traídos desde España o México, las condiciones del suelo y climáticas de Quito impidieron que estos árboles crecieran o se adaptaran con éxito.

4.- La Alameda es considerada el vértice natural de convergencia o divergencia de la dinámica de la ciudad prehistórica y de la histórica de Quito. Al triángulo que forma la ciudad, los indios la llamaban Chuquihuada. Quiere decir punta de lanza.

5.- En 1864, el entonces presidente Gabriel García Moreno recibió semillas de eucalipto por parte de los caballeros quiteños Carlos Aguirre Montúfar y Rafael Barba Jijón, quienes residían en París. Las hizo sembrar en La Alameda en la Plaza Grande y La Alameda. Esos árboles crecieron muy rápido y se hicieron enormes. Descubrió que no eran ornamentales sino forestales para leña y madera. Con el pasar del tiempo, formaron un bosque cerrado.

Tras el portón de La Alameda en 1920
Tras el portón de La Alameda en 1920. Foto: Remigio Noroña / Archivo BCE.  

6.- Con la madera de esos eucaliptos de La Alameda, García Moreno instaló los pisos y cubiertas de la reconstrucción del Palacio de Gobierno y empezó a formar en él las salas legislativas que habían funcionado en la casa de San Carlos, junto a la iglesia de Cantuña. Esas reconstrucciones duraron hasta 1892.

7.- Luciano Andrade María habla de que hubo una nueva fundación de La Alameda. La primitiva casi  desapareció en el siglo XVI. Sin embargo, en 1746, un nuevo corregidor de Quito, don Ramón Joaquín Maldonado, se propuso formar una Alameda. En los viejos libros del cabildo consta una acta del 27 de septiembre de ese año: 

"Que se hallara principiando a formar una Alameda de árboles de tres calles que estaban delineadas: la principal de 14 varas de ancho y las colaterales de seis varas con cuatro hileras de árboles delineados entre dos zanjas para el resguardo de plantas...".

Esta iniciativa no tuvo acogida.

Eventos por la inauguración del monumento a Bolívar.
En 1928, actos organizados por el Comité pro Monumento a Bolívar, en el lugar exacto donde se inauguró siete años después. Foto: autor anónimo / Archivo BCE.

 8. El historiador Luciano Andrade Marín cuenta en sus crónicas que el presidente Antonio Flores (1892) propuso que La Alameda se convierta en un pedacito de los Jardines de Versalles en la capital. Contrató a los horticultores Enrique Fusseau de Francia y don N. Santoliva de Italia, quienes fueron traídos al país por Gabriel Álvarez para el desarrollo de la fruticultura moderna en sus haciendas de Patate (Tungurahua). Los llamó de Ambato a Quito y los contrató para que hiciesen una acabada obra de jardinería francesa en La Alameda. 

9.   En 1889, lo primero que llamaba la atención de La Alameda era el Observatorio Astronómico. Pasó a ser no solo un lugar de esparcimiento, sino uno de ciencia. Muchos quiteños opinaban que los eucaliptos que se sembraron allí no daban un buen aspecto al paseo; bajo su sombra era casi imposible tener flores. Por eso, hubo personas que celebraron cuando los talaron y sembraron plantas ornamentales.

10. La cuarta remodelación de La Alameda fue en 1786, cuando la Real Audiencia de Quito era gobernada por Juan Joseph de Villalengua y Marfil. Construyó el gran portón de tres arcos que estuvo allí hasta 1934 y se lo derrumbó para levantar el monumento a Simón Bolívar. Colocó tres columnas salomónicas estriadas de piedra, dos coronadas por ángeles y la otra por una figura de La Fama.

Arregló la laguna, sembró árboles y plantas florales. 

Portón de La Alameda
El portón de La Alameda en 1910. Foto: José Domingo Laso / Archivo BCE.