miércoles, 16 de septiembre de 2026

La procesión de las almas perdidas

La calle de la Loma Grande
La calle de La Loma, entre 1870 y 1874. Foto: Instituto Metropolitano de Patrimonio de Quito.


Diego Bravo Carvajal

La Loma Grande es mítica por sus leyendas y misterios. Antiguamente, la calle Rocafuerte era empedrada y se distinguía por ser una zona comercial con movimiento de obreros de las fábricas cercanas y empleados de toda clase de comercios, así como empleados del Gobierno y el Municipio que acudían a las fondas degustar los platos típicos.

Allí vivía una niña, de 12 años, quien ayudaba a su madre a trabajar en una picantería desde las cuatro de la madrugada. Hace más de 50 años, las procesiones marcaban el pulso religioso de la ciudad y era frecuente ver a la de la Virgen de La Dolorosa que recorría las calles del centro.

Igual pasaba con la procesión de La Merced en la que participaban los presos del entonces Penal García Moreno. Se los escuchaba caminar y rezar ante la mirada de los policías que los vigilaban. Iban descalzos, portaban velas y sus cánticos se oían a tres cuadras de distancia. 

Los encadenaban en las manos y pies, por lo que se escuchaba el crujir de los hierros sobre las rocas del piso. Era un escenario lúgubre con el que los quiteños aprendieron a convivir...

Una noche, la niña se quedó a dormir junto a sus hermanas en la picantería de su madre en la Loma Grande y Fernández Madrid. En ese entonces, su mamá les permitía quedarse en el local hasta el otro día. No las encerraba con llave, sino que se aseguraban por dentro con una vieja aldaba de metal, porque a las 04:00 ya tenían que comenzar a trabajar.

Eran las 02:00 aproximadamente cuando la despertó una procesión que cruzó por debajo del arco de la Iglesia de Santo Domingo y se acercaba lentamente.

Con curiosidad, se levantó para ver porque los cantos y rezos sonaban con mayor intensidad.

La tienda de su madre quedaba justo donde están las cuatro esquinas de la Loma Grande. Abrió la puerta para ver la procesión, pero no había gente; el ambiente era desolado. Alcanzó a escuchar que la romería ya estaba en la esquina de la calle Fernández Madrid.

Entonces, salió corriendo hasta ese punto. Cuando llegó, los cantos se escuchaban por la calle Francia. Nadie salió a ver por la ventana; los vecinos dormían profundamente. La niña regresó, entró a la tienda y cerró la puerta con la aldaba.

Cuando terminó de poner la seguridad, alguien tocó la puerta. Fueron tres golpes secos y lentos: «¡pam! ¡pam! ¡pam!»

Aunque el pánico comenzó a recorrer su cuerpo con intensidad, la niña se llenó de valor y preguntó en voz alta: «¿Quién es?».

Y una voz lúgubre le respondió: «Ábrame la puerta».

Ella contestó: «No puedo abrirle, estamos con llave».

Le voz dijo: «Usted salió recién».

Se le pusieron los pelos de punta. «Yo no abrí. No había un alma en la calle. Al día siguiente, casi me muero del mal aire. La voz era de ultratumba, temible, terrible. Eso me pasó a mí. Yo no lo estoy inventando ni lo escuché contar, lo viví», cuenta la niña que ahora tiene 67 años. 

Su nombre es Martha Carvajal, una de las vecinas que nunca se fue de la Loma Grande.

La procesión venía cantando. Se escuchaban las alabanzas de la Virgen, como los que se entonan en las procesiones, los «Salve, Salve…». Parecían multitudes de gente, porque la procesión de la Virgen Dolorosa siempre ha sido muy concurrida.

Lo que más le impresionó fue que salió a mirar y escuchaba los cánticos, pero cuando se acercaba al lugar donde supuestamente estaban los caminantes, no había personas y se alejaban. Las voces se iban escuchando cada vez más adelante, como si avanzaran de una calle a otra de una manera muy rápida. Martha cree que esas almas querían llevarla al más allá...

«Hasta ahora me acuerdo de eso. Esa es una historia propia, mía, que me sucedió cuando era chica, aquí en la Loma Grande». 

Entrevista realizada el sábado 12 de septiembre de 2026.

Local donde funcionó la picantería Lucero
En la primera puerta, desde la izquierda, funcionaba la picantería en donde dormía la niña que escuchó la procesión de las almas perdidas. Foto: Diego Bravo Carvajal.



lunes, 14 de septiembre de 2026

Las bolas de guaguamama de la Loma Grande

 

La calle Rocafuerte en la década de 1950. Fuente: Archivo familiar. 

En la década de 1950, las calles de la Loma Grande eran empedradas. El barrio tenía muchas carencias, entre ellas la falta de electricidad. Con frecuencia les cortaban la luz o simplemente no tenían ese servicio. Con el pasar de los años, el vecindario se transformó: las vías fueron arregladas y posteriormente pavimentadas. Los apagones cada vez eran menos frecuentes.

María Gregoria Quilachamín, de 94 años, llegó a ese sector para montar su propia picantería a la que bautizó Lucero. Eran tiempos muy difíciles en los que se las ingeniaba para laborar y contar con su propio local de comidas que era un sueño que la perseguía durante largo tiempo.

Desde el comienzo vivió en la calle Francia, una de las más icónicas del barrio. Antes de llegar a la Loma Grande, vivió en San Juan. Fue precisamente desde allí que ella y su madre salieron a buscar un lugar donde instalar su propio negocio.

Sus hijas mayores participaron activamente en su fonda. Eran cuatro hermanas, pero las dos primeras fueron las que trabajaron directamente junto a su mamá desde el incio.

Una de ellas nació en 1954 y otra en 1959. Se levantaban alrededor de las cuatro de la mañana para ayudar. El trabajo implicaba conseguir los productos, limpiarlos, prepararlos, cocinar, atender a los clientes, cobrar, lavar y mantener funcionando el pequeño establecimiento.

María recuerda que le gustaba San Blas porque había mucho movimiento de gente y allí estaba la antigua Biblioteca Nacional. Sin embargo, no encontraron un local que cumpliera sus expectativas en ese sector. Durante la búsqueda, de coincidencia se encontraron con una familiar que les habló sobre un sitio disponible en la Loma Grande.

El arriendo inicialmente era de 180 sucres. Cuando María explicó que quería instalar una picantería, la propietaria del inmueble, en lugar de reducir el precio, se lo aumentó a 200. María aceptó y permaneció allí durante aproximadamente 48 años pagando ese arriendo. Su local fue uno de los más icónicos y se merece un homenaje por historia y tradición.

Cuando murió la dueña de casa, el inmueble pasó a manos de sus hijos y el alquiler aumentó a 300 sucres. Para entonces, las hijas de María ya eran adultas. Ella decidió retirarse y mudarse a una casa con sus hijas.

María Quilachamín (derecha) junto a su madre, Ana María Almeida. Foto: Cortesía

Las bolas de guaguamama, una tradición gastronómica de Quito

María comenzó a trabajar con la pequeña picantería. No conocía inicialmente muchos de los productos que le pedían los clientes. Al comienzo, aprendió los consejos de Rosita, una comerciante de El Camal que se convirtió en una maestra para ella.

María le contó a Rosita que quería poner una picantería, pero que no sabía preparar ni conseguir determinados productos. La señora decidió ayudarla entregándole pocas cantidades de unas bolas de carne muy peculiares que llamaron su atención. Eran las llamadas “bolas de guaguamama”, elaboradas a partir de la placenta de la vaca.

Para enseñarle, le llevó una pieza completa y, delante de María, la abrió para mostrarle cómo de allí salía el ternero. Le explicó qué parte debía cocinar y cuál debía vender. “Al guagüito (ternero) lo pueden cocinar en la casa, pero la bola es para venderla y se vende bien entre la gente”, decía Rosita.

El primer consejo fue que a ese producto lo debía vender a la brevedad posible porque se dañaban rápidamente y María no tenía refrigerador.

Una réplica del letrero de la picantería Lucero. Fuente: Cortesía familiar. 

La preparación

Todo comenzaba cuando compraba el producto en el mercado de El Camal, al sur de Quito. Las bolas llegaban enteras y había que abrirlas para sacar el “guagua”. No se freían. Se cocinaban en agua hirviendo.

María utilizaba inicialmente leña. En una ocasión, la dueña de la casa le advirtió que no debía cocinar con leña dentro del local porque podía cerrarse la puerta, llenarse de humo y provocar que ella y su madre se ahogaran. Por eso, María compró una cocina que pudiera colocar cerca de la puerta. También utilizó un brasero, aunque el humo volvía a ser un problema.

Según su recuerdo, comenzaba a cocinar alrededor de las tres de la tarde y para las cuatro ya podía tener el producto cocinado y listo para vender.

La disponibilidad de las bolas no siempre estaba garantizada. Había ocasiones en que en El Camal les decían que no había, porque no todas las vacas tenían este producto. Cuando conseguía, lo llevaba para poder venderlo.

María Quilachamín en la actualidad, una moradora con gran historia en la Loma Grande. Tomada el 12 de septiembre de 2026. Foto: Diego Bravo C. 

Los precios

El caldo de 31 costaba cuatro reales. Las bolas tenían otro valor. Al principio, en algún momento, llegó a venderlas a tres reales, aunque después el precio habitual fue de un sucre por bola. Ella explica que, en buena medida, debía cobrar lo que los comensales estaban dispuestos a pagar y así ganó una buena y amplia clientela; la gente hacía filas para comprar sus platillos. 

Los precios de la época muestran lo accesible que era la comida popular para los trabajadores que acudían a estos pequeños establecimientos. Acudían trabajadores de fábricas, obreros, empleados municipales, personas de distintos ministerios, policías, agentes municipales y estudiantes o trabajadores relacionados con colegios.

Junto al local funcionaba la fábrica Fruco, dedicada a productos como dulces y mermeladas. Los trabajadores de esa fábrica acudían a comer a la picantería Lucero. 

También fiaba comida a algunos obreros. María recuerda que siempre le pagaban después, era gente muy honrada. 

Con el tiempo, la picantería ofrecía diferentes productos: hornado, tamales y la sabrosa chicha de morocho con gran demanda. No obstante, las bolas de guaguamama” se vendían rápidamente

María las colocaba en un charol y brillaban con la luz del sol. Cuando algún automóvil se detenía, las personas preguntaban qué eran y cuánto costaban. En una ocasión un señor se bajó de su auto preguntó por las bolas, consideró que eran muy baratas porque costaban tres reales y compró cuatro. María recuerda haberle dicho emocionada a su madre que ya había vendido todas de forma inmediata.

La venta se hacía principalmente los viernes, sábados y domingos. Cuando María tenía buenas ganancias, solo pensaba en ahorrar y llevarlo al banco en vez de gastarlo...

María Quilachamín al interior de su local en la Loma Grande. Foto: Cortesía.

Las bebidas y la cerveza Victoria

Los clientes acompañaban las comidas principalmente con chicha de morocho. La cerveza Victoria también se consumía, aunque María recuerda que no era lo más habitual.

Una preparación que recuerda especialmente consistía en cerveza Victoria con huevo y un poco de licor, además de chicha. Los clientes podían pedir una jarra preparada.

LaVictoria es recordada por María como una cerveza de buen sabor. Ella no bebía habitualmente alcohol, pero sí la vendía en su local.

María Quilachamín en los años 60. Fuente: Cortesía familia Quilachamín.


lunes, 7 de septiembre de 2026

La dama de blanco de El Tejar

El Panecillo visto desde la quebrada de El Tejar. Foto tomada del libro La lagartija que abrió la calle Mejía de Luciano Andrade Marín.


Siempre he sentido una fascinación especial por la historia del sector de El Tejar y la mítica quebrada que fue rellenada entre la década de 1920 y 1930. Tal como lo decía mi abuelo Bolívar Bravo A., esta quebrada tenía un aspecto tenebroso por su profundidad y abundante vegetación. Lo mismo con los personajes que vivieron allí y las historias que se contaron de generación en generación y que ahora se encuentran en el absoluto olvido; nadie las recuerda. 

Sin embargo, en uno de mis recorridos e investigaciones que hice en este sector me encontré con gente que vivió allí y aún recuerda las leyendas de este barrio. Mil gracias Glorita Rivadeneira por narrarme las leyendas de sus familiares que fueron parte de la historia de El Tejar. Ahora es tiempo de escribir y registrar toda esa memoria oral en este blog

La dama de blanco de El Tejar

Antes de que hubiera los túneles y el asfalto borrara las huellas de la antigua quebrada que bajaba desde las faldas del Pichincha, antes de que El Tejar cambiara para siempre, una mujer iba a llorar al borde del antiguo puente de piedra, el mismo que ahora está tapado por tierra y por el que encima transcurre la calle Olmedo junto al centro comercial del ahorro Hermano Miguel. Aún quedan las casas antiguas con sus balcones y fachadas donde funcionan locales comerciales. 

Esta historia llegó hasta Gloria a través de su tía Berta Muñoz Reyes, prima hermana de su padre. Ella se la contaba cuando era niña, mientras ambas miraban hacia la vieja plazoleta desde una ventana de la casa familiar. En esta plaza yacía la figura del célebre Hermano Miguel que ahora se encuentra en San Blas. Ese parque se convirtió en el centro comercial y es un sitio muy concurrido de Quito. 

“Verás, ahí había un puente antiguamente. Un puente que estaba sobre la quebrada, porque esto era quebrada, mijita”, le narraba.

Y entonces aparecía ella todos los días: una mujer que vivía más arriba, por el sector de los establos de don Portilla donde guardaban a los burros, cerca de la iglesia. Su marido -contaba Berta- le daba mala vida. La golpeaba, la maltrataba de forma constante. Cansada de aquel sufrimiento, la mujer bajaba hasta el puente y allí lloraba.

Lo hizo una y otra vez, hasta que un día no regresó. Se arrojó al vacío y murió...

Gloria no recuerda el nombre de la señora. Lo que sí conserva, con la nitidez de un recuerdo de su infancia, es lo que vino después: la mujer no habría desaparecido del todo, pues su alma seguía viva y aprendió a deambular por el sector.

Según la historia que escuchó de su tía, durante las noches se escuchaban lamentos y llantos desde el fondo de la cañada. Algunos vecinos aseguraban haber visto una figura vestida de blanco atravesar el lugar, de un lado al otro del suelo de la antigua quebrada. Desde los balcones de las casas -relataban en esos años- podían verla cruzar.

Era el alma de aquella mujer, condenada a regresar al sitio donde había terminado su vida. Siempre  recuerda el puente del que solo quedan los recuerdos y múltiples fotografías que se difunden en Internet.

Y rememora la voz de su tía contando que allí, donde después habría calles, casas con techo de teja y demás construcciones, alguna vez corría una quebrada.

Dos mujeres caminando por el antiguo puente de El Tejar. Fuente: Quito fotografías antiguas 1870-1970.

El barrio antes de los túneles

El Tejar es un barrio que todavía guarda una buena parte de la memoria del otro Quito. Los vecinos cuentan que la quebrada fue rellenada para facilitar el paso de las carrozas fúnebres que subían hacia la iglesia y el cementerio.

Los primeros recuerdos de Gloria están ligados a esos entierros que eran tan quiteños, tradicionales. Desde las gradas de la casa de la familia Villacís, ubicada a mano izquierda al subir por la calle Mejía, ella podía mirar hacia la plazoleta. Tenía cuatro o cinco años cuando comenzó a ver las carrozas negras que subían hacia el cementerio.

Eran carrozas tiradas por caballos negros. Los animales llevaban los ojos cubiertos y sobre sus lomos lucían una especie de gruesos tejidos, parecidos a chales. La carroza fúnebre era negra y estaba adornada con detalles dorados.

Para una niña, aquello era un espectáculo extraño y solemne. Pero antes de estas carrozas, le había contado su tía, los muertos eran trasladados por sus familiares y amigos a pie, cargaban los ataúdes por la espalda e iban por el costado de la quebrada hasta llegar al camposanto.

Era una ciudad en la que la muerte también formaba parte de la vida cotidiana del barrio.

El puente de El Tejar. Foto: INP. 

Después del sepelio

La ceremonia no terminaba necesariamente con el entierro. La gente de El Tejar recuerda que, frente a la casa de la familia Echeverría, había una cantina a la que acudían los deudos, muchos de ellos indígenas. Allí bebían, bailaban y escuchaban música nacional.

Sanjuanitos y otras canciones acompañaban aquellas reuniones que podían prolongarse durante dos días. El ambiente mezclaba el duelo con la celebración. Se lloraba, se cantaba y se bebía.

Gloria recuerda especialmente una forma de canto que describe como un lamento:

“¡Ay, qué pobrecito! ¡Ay, ay, ay, ay!”.El dolor, los lamentos y la música parecían confundirse entre los llantos. Los indígenas tomaban abundante chicha de jora en pilches.  

Una ciudad que desapareció

El Tejar no era todavía el barrio que hoy conocen quienes pasan por sus calles. En la zona donde ahora están los túneles había casas. La antigua casa de su abuelo, perteneciente a la familia Reyes —que después sería Muñoz Reyes— estaba cerca del lugar donde se encontraba el puente. Allí vivieron generaciones de la familia.

También recuerda la plazoleta, antes de que fuera parque; las bancas, las casas bajas, las tiendas, la cantina, los vecinos y la tranquilidad de un barrio donde los niños podían caminar sin el temor que, existe actualmente.

Luego llegaron los cambios. Gloria recuerda especialmente la época en que comenzaron a llegar los llamados “cacharreros” colombianos y, con ellos, una transformación del sector. El parque donde había crecido empezó a deteriorarse y la vida del barrio dejó de ser la misma.

El puente de piedra de El Tejar. Según la leyenda, el alma de la mujer en pena recorría ese sector. Foto:  Internet.


jueves, 3 de septiembre de 2026

El Tejar y sus recuerdos históricos

 


Quebrada El Tejar
Tenebroso aspecto que presentaba la quebrada de El Tejar. Foto: Libro Quito Monumental y Pintoresco.


Tomado del libro Quito Monumental y Pintoresco de Bolívar Bravo Arauz.


Al occidente de la ciudad de Quito y en las faldas del Pichincha, se encuentra un centenario edificio de sólida construcción y severa arquitectura, con suma facilidad se destaca y atrae la atención por su magnitud y uniformidad. 

Desde este lugar se aprecia un horizonte amplio y encantador, sobre todo en los días de verano, con un cielo despejado, ese lugar privilegiado por su tranquilidad y hermosura es El Tejar, que encierra una maravillosa historia

El padre Hernando de Granada, mercedario, uno de los religiosos que vinieron con Benalcázar, solicitó al Cabildo de Quito sitios para edificar el Convento de Nuestra madre de la Merced. Obtuvo como respuesta cuatro solares y dos fanegas de tierras para sembrar. Estas dos fanegas de terreno estaban situadas en el lugar frente a las casas del placer del Inca Huayna-Cápac que ocupaban, lo que actualmente y por este motivo, se llama El Placer hoy donde funcionaba el normal Juan Montalvo. 

Este lugar adjudicado por el Cabildo al padre Granada, muy pronto fue llamado El Tejar, porque en él se instaló el primer tejar que abasteció de tejas a las construcciones de la naciente ciudad de Quito. 

El lugar era solitario y abandonado y pasaron muchos siglos para que Quito avanzara hasta allá; mientras tanto, solo había un galpón enorme donde se fabricaban las tejas, el horno y dos chorras pajizas de los indios gañanes. 

En esta colina, desde donde se domina la ciudad y cuya soledad convida al recogimiento y a la meditación, un santo religioso, el padre Francisco de Jesús Bolaños, en 1733, principió la construcción de la monumental recolección mercedaria con una capacidad para 30 religiosos que quisieran entregarse a una vida más perfecta, siguiendo las huellas del Santo Fundador. Allí concurrían también por dos ocasiones al año, o sea, durante la Cuaresma y antes de Pentecostés, seglares que querían purificar sus conciencias y arreglar su mejor sus vidas. El padre Bolaños fue el apóstol de los ejercicios espirituales para seglares de ambos sexos, construyendo para este fin, adjunto a la recolección, un edificio capaz de alojar a 109 ejercitantes. Estos ejercicios hicieron célebre a El Tejar. 

Parque Hermano Miguel en El Tejar
El Monumento al sabio educador Hermano Miguel, de las escuelas cristianas. Se hallaba ubicado en el parque El Tejar.

Detrás de la Recolección y formando parte de la propiedad mercedaria, se encuentra el cementerio. Hasta 1862 era el único abierto al público, sin que se logre hasta el momento precisar desde cuándo principió a prestar sus servicios. En este histórico cementerio fueron sepultados los combatientes del 24 de mayo de 1822 en el número de 6400 españoles y 200 patriotas. 

En las enhiestas torres de El Tejar, el 24 de mayo de 1822, los quiteños vieron flamear por primera vez el pabellón de Colombia libre. Bajo sus arcadas, durmió arrullado por la victoria y el vencedor de Pichincha, Antonio José de Sucre. El 25 de mayo de ese mismo año, o sea al día siguiente del triunfo, recibió allí a los comisionados del Gobierno español, Coronel Francisco González y Manuel Martínez de Aparicio, para celebrar la capitulación de los comisionados patriotas que fueron los coroneles Andrés de Santa Cruz y Antonio Morales. 

Antes del mediodía del 25, Sucre dejó la recoleta de El Tejar para hacer su triunfal entrada a Quito, que lo aclamaba con frenesí. 

27 años antes de esa fecha, el 28 de diciembre de 1795, la Recolección Mercedaria había recibido en sus criptas a la Ermitas de San José, los mortales despojos de Eugenio, Santa Cruz y Espejo, precursor de la libertad y por lo cual tanto sufrió. 

Allí mismo, en una de esas catacumbas, permanecieron por algunos años, los restos del héroe de Pichincha, Abdón Calderón, los que más tarde fueron a parar a la Catedral de Guayaquil, seguramente llevados por el señor Francisco Javier Garaicoa, Primer Obispo de esa diócesis y tío carnal del héroe en donde fueron descubiertos el 2 de julio de 1948. 

A El Tejar se recogió el señor José Ignacio Checa y Barba para prepararse para el martirio que le esperaba el 30 de marzo de 1877.

(José Emilio Herrera, presbítero)

Esquina de la Imbabura y Olmedo
En esta zona se ubicaba la quebrada de El Tejar y el parque del Hermano Miguel. Ahora (2026) es un centro comercial del ahorro. Foto: Diego Bravo C. 


miércoles, 2 de septiembre de 2026

El barrio La Chilena 300 años después de la trágica leyenda

El letrero que hasta ahora existe en la intersección de las calles Olmedo y Mires. Foto: Diego Bravo C. 

Lo escribió Laura Pérez de Oleas en su cuento La trágica Chilena, publicado en 1962. Una familia aristocrática y adinerada de ese país llegó a Quito, en 1625. Adquirió un terreno en la entonces llamada Subida de la Recolección y construyeron su casa. 

Ese matrimonio tuvo una hija, una niña muy hermosa que acaparaba las miradas de los jóvenes conforme iba creciendo. La escritora la describe como una chica nacarina y bella que emergió de los más bellos jardines de su casa con mucho amor. "Novedosa era en la ciudad la coquetería de la hermosa que se la vio más de una vez en parloteo con los mozos de la vecindad".

La apodaron la Chilena por el origen de sus padres. Múltiples relatos o leyendas comenzaron generarse en torno a su figura e imagen. Una fue que, al observar la procesión de un entierro desde el balcón de su casa, un acompañante le regaló una vela que al otro día se convirtió en el hueso amarillento de un muerto.

Otra historia que reseña Pérez de Oleas: "Que otra noche le habló de amores un apuesto doncel cubierto con una capa negra y roja: que ella respondió apasionada a su reclamo y cuando él la estrechaba en sus brazos, se tornó la capa en un haz de llamas y salvó de ser llevada a los infiernos por Satanás -que era el guapo galán- gracias a una medalla milagrosa que llevaba colgada en su pecho. Todo esto como un castigo a su curiosidad y coquetería". 

Se casó con el caballero chileno Domingo Lastarria y Bastarrachí, a quien los celos y dudas lo amargaron. Ansioso de paz, él dejó la ciudad y se dedicó a hacer trabajos agrícolas que lo alejaban de su casa y familia por largas temporadas. En esa ausencia de su marido, la muerte se anamoró de la Chilena y la persiguió hasta que una vez trató de ahogarla. Arrepentida, ella buscó confesión hasta llegar a un fraile mercedario de la Recolección del Tejar.

El religioso entró al dormitorio de la Chilena para confesarla cuando estaba enferma. Al mismo tiempo, Domingo Lastarria decidió volver y entró a la franciscana ciudad de Quito galopando en su caballo a toda velocidad. Cuando llegó a la casa, encontró a su esposa junto al fraile. Él inclinando su cuerpo hasta casi tocar la boca del rostro pálido de su mujer en delicadas condiciones de salud.

El marido enfureció. La mató de un solo tajo y lo mismo pasó con el monje. En esos momentos, la hermana de la Chilena ingresó al cuarto con un niño en sus brazos. Ella se impresionó tanto al ver la macabra escena que dejó caer al pequeño de sus brazos. "El padre cruel y vengativo, no saciado aún con tanta sangre, juzgando en su ceguera celosa que su hijo era resultado del adulterio de su esposa, lo tomó de los pies y con golpes feroces y repetidos lo despedazó contra el muro...", narra Pérez.

La hermana le reprochó por el crimen y Lastarria huyó en su caballo. Dos días después, en horas de la madrugada, paró con su caballo en la entrada de un poblado donde una mujer hermosa, con un niño de pocos meses, en los brazos, se aceró a él y... "¡oh terror para el delincuente!... habló el niño".

Le dijo:

- Por la sangre inocente derramada lloverá fuego y ceniza en la ciudad de Quito. 

Intercedió la madre: 

- Pero yo me pondré en la puerta y el fuego cesará. 

Lastarria quedó devastado moralmente y físicamente. Se fue a vivir en la Amazonía y no se supo de él...

Año 1 660 

A mediados de 1 660, en Quito apareció un hombre peregrino y de mal aspecto como si fuera un mendigo. Caminaba como si tuviera cuatro patas y entre los dientes llevaba una campanilla para llamar la atención de la gente. En la espalda llevaba un cartel: "Una limosna para un desgraciado criminal"

Recorría las calles de la urbe y siempre se paraba a observar la casa donde mató a su mujer. Estaba abandonada, con los muros carcomidos y los huecos en las puertas fingían las cuencas de una calavera. Nadie quería vivir allí porque la maldición era vigente. Todos comentaban que allí vivían malos espíritus.

Una vez, el hombre intentó ingresar y se arrastró por el patio, la escalera y pisos de madera. En su mente, reconstruyó la tragedia y recordaba lo que le dijo el niño: "Por la sangre inocente derramada lloverá fuego y ceniza en la ciudad de Quito". También las palabras de la bondadosa mujer. 

Se asomó al hueco donde estaba la ventana de la casa y vio deslizar, desde la quebrada, un pequeño y sucio hilo de fango. La tierra tembló de forma súbita muy fuerte y los vetustos muros de la casa vieja se derrumbaron. La ciudad se obscureció por la presencia de una obscura niebla espesa. 

Se percibía un fuerte olor a azufre y corrió lava desde el Pichincha hasta las calles de Quito, arrastrando edificios. La casa de la Chilena donde yacía postrado Domingo Lastarria fue la primera que destruyó el terremoto y la lava volcánica. La vivienda maldita se acabó y también el criminal que terminó con la vida de su mujer e hijo. 

La zona del barrio La Chilena quedó muy afectada por el terrmoto de 1 660 por sus cercanías a las faldas del volcán. Y la leyenda concluye: 

En cumplimiento a lo profetizado a don Domingo Lastarria, hallaron, tiempo después, los sencillos y católicos moradores de Quito, una hermosa estatua de piedra que representaba a la madre de Jesús, con su hijo en los brazos, custodiando los bordes del cráter del Pichincha. Esta imagen se encuentra en la actualidad en la Basílica de la Merced, bajo la advocación de Nuestra señora del Terremoto

¿Qué pasó 300 años después en el barrio?

Juan Carlos Serrato en la casa donde escuchaba las historias de terror. Foto: Diego Bravo C. 

La gente que vive en La Chilena guarda mucho respeto por esta leyenda y siempre la tiene presente. Juan Carlos Serrato, quien vivió allí gran parte de su vida, recuerda que su abuela, hoy de 95 años, conocía muy bien la historia y la transmitió a sus hijos y nietos. 

De hecho, una de las viviendas del sector en las calles Olmedo y Mires tiene un letrero en la parte frontal que dice: "Casa de la Chilena". 

Sin embargo, la dinámica del sector ha cambiado. Hasta la década de 1980, todas las casas del vecindario eran ocupadas por familias enteras con cuatro o cinco hijos. Ahora, esos espacios son bodegas, fábricas o locales de comerciantes chinos. 

Las condiciones de vida eran muy diferentes. En algunas casas varias familias compartían espacios reducidos. En la vivienda donde creció, por ejemplo, llegaron a vivir alrededor de seis familias. 

Los dormitorios podían tener tres o cuatro camas. En una de ellas dormían juntos sus padres, él y su hermana. El baño era compartido y las habitaciones tenían que adaptarse para cumplir distintas funciones. 

En su propia casa tampoco había una ducha. Para bañarse, su madre calentaba agua en la lavandería y la llevaba al baño. El baño semanal era una realidad para muchas familias.

Pero hubo una época en que varias cuadras del sector eran conocidas por la presencia de comerciantes provenientes del Carchi, norte del Ecuador y frontera con Colombia. La calle Olmedo, antes de la construcción de los túneles, tenía una conexión distinta con las zonas altas de Quito. En sus alrededores se instalaron familias procedentes de Tulcán, El Ángel, San Isidro y otros lugares del norte.

Aquella zona fue bautizada como “la de los pastusos”. Había peluquerías, zapaterías, tiendas y pequeños comercios. Incluso existió una antigua peluquería llamada Peluquería Carchi.

La presencia de comerciantes del norte también se reflejaba en la comida. Todavía se recuerdan productos como el cuy, el queso amasado, el mote y el hornado pastuso.

Tiendas que eran cantinas

Allí funcionó (letrero rojo) la famosa tienda de doña Luca en La Chilena. Foto: Diego Bravo C.  

Las tiendas eran otro punto de encuentro. Algunas funcionaban, según Serrato, como cantinas discretas.Recuerda especialmente las tiendas de las doñas Inesita y Marta. Otro local conocido era el de doña Luca. 

La bebida también formaba parte de la vida cotidiana del sector. Entre los recuerdos aparece la llamada “sangre de pichón”, una preparación que era consumida masivamente en los barrios populares de Quito. Consistía en la mezcla de la gaseosa Orangine de Mora con licor anisado o aguardiente tradicional (como Traguito, Gallito o Guagua Montado).

Las cantinas camufladas en tiendas se concentraban en determinadas esquinas y se convirtieron en parte del paisaje nocturno del barrio. 

Las noches de cuentos 

La esquina de la Olmedo y Mires, donde se ubica la casa de la Chilena. Foto: Diego Bravo C. 

Los hoy adultos recuerdan a don Jorge Gavilanes, un vecino recordado como un gran conocedor de las historias de Quito. Tenía una ferretería cerca de la Plaza del Teatro y, según el relato de la gente, tenía una memoria prodigiosa. 

Algunos fines de semana, llevaba a los muchachos a jugar a La Carolina. Para aquellos niños acostumbrados a permanecer en las calles del Centro Histórico, llegar hasta ese parque era casi como viajar a otra ciudad.

Pero las reuniones más memorables ocurrían de noche. Gavilanes reunía a los chicos en el patio de la casa de familia Serrato y comenzaba a contar historias de terror, principalmente La Caja Ronca, La Viuda, La Casa 1028 de Bella Aurora, entre otras.

Los relatos alimentaban la imaginación de los niños y, al mismo tiempo, construían una memoria compartida. Una de las historias que más recuerda Serrato estaba relacionada con el cementerio de San Diego: un hombre que acudía a dejar flores a su novia y terminó muriendo después de que una prenda de vestir quedara atrapada en una rama. "Eran historias que daban miedo, pero al día siguiente, los mismos niños volvían a salir a jugar".

Actualidad

El barrio La Chilena es pequeño y ocupa aproximadamente seis cuadras. Se ubica entre las calles Cuenca, Olmedo, Mires, Cotopaxi e Imbabura. Sin embargo, su historia y tradición es muy rica y fascinante. 

Uno de los aspectos que más llaman la atención es que la mayoría de casas conservan su esencia del ayer, tal como lo destacan estas fotos: 

Una vivienda en La Chilena, a pocos metros de la casa de la leyenda. Foto: Diego Bravo. 

Patio central de una casa tradicional en La Chilena. Foto: Diego Bravo C.