| El Panecillo visto desde la quebrada de El Tejar. Foto tomada del libro La lagartija que abrió la calle Mejía de Luciano Andrade Marín. |
Sin embargo, en uno de mis recorridos e investigaciones que hice en este sector me encontré con gente que vivió allí y aún recuerda las leyendas de este barrio. Mil gracias Glorita Rivadeneira por narrarme las leyendas de sus familiares que fueron parte de la historia de El Tejar. Ahora es tiempo de escribir y registrar toda esa memoria oral en este blog.
La dama de blanco de El Tejar
Antes de que hubiera los túneles y el asfalto borrara las huellas de la antigua quebrada que bajaba desde las faldas del Pichincha, antes de que El Tejar cambiara para siempre, una mujer iba a llorar al borde del antiguo puente de piedra, el mismo que ahora está tapado por tierra y por el que encima transcurre la calle Olmedo junto al centro comercial del ahorro Hermano Miguel. Aún quedan las casas antiguas con sus balcones y fachadas donde funcionan locales comerciales.
Esta historia llegó hasta Gloria a través de su tía Berta Muñoz Reyes, prima hermana de su padre. Ella se la contaba cuando era niña, mientras ambas miraban hacia la vieja plazoleta desde una ventana de la casa familiar. En esta plaza yacía la figura del célebre Hermano Miguel que ahora se encuentra en San Blas. Ese parque se convirtió en el centro comercial y es un sitio muy concurrido de Quito.
“Verás, ahí había un puente antiguamente. Un puente que estaba sobre la quebrada, porque esto era quebrada, mijita”, le narraba.
Y entonces aparecía ella todos los días: una mujer que vivía más arriba, por el sector de los establos de don Portilla donde guardaban a los burros, cerca de la iglesia. Su marido -contaba Berta- le daba mala vida. La golpeaba, la maltrataba de forma constante. Cansada de aquel sufrimiento, la mujer bajaba hasta el puente y allí lloraba.
Lo hizo una y otra vez, hasta que un día no regresó. Se arrojó al vacío y murió...
Gloria no recuerda el nombre de la señora. Lo que sí conserva, con la nitidez de un recuerdo de su infancia, es lo que vino después: la mujer no habría desaparecido del todo, pues su alma seguía viva y aprendió a deambular por el sector.
Según la historia que escuchó de su tía, durante las noches se escuchaban lamentos y llantos desde el fondo de la cañada. Algunos vecinos aseguraban haber visto una figura vestida de blanco atravesar el lugar, de un lado al otro del suelo de la antigua quebrada. Desde los balcones de las casas -relataban en esos años- podían verla cruzar.
Era el alma de aquella mujer, condenada a regresar al sitio donde había terminado su vida. Siempre recuerda el puente del que solo quedan los recuerdos y múltiples fotografías que se difunden en Internet.
Y rememora la voz de su tía contando que allí, donde después habría calles, casas con techo de teja y demás construcciones, alguna vez corría una quebrada.
| Dos mujeres caminando por el antiguo puente de El Tejar. Fuente: Quito fotografías antiguas 1870-1970. |
El barrio antes de los túneles
El Tejar es un barrio que todavía guarda una buena parte de la memoria del otro Quito. Los vecinos cuentan que la quebrada fue rellenada para facilitar el paso de las carrozas fúnebres que subían hacia la iglesia y el cementerio.
Los primeros recuerdos de Gloria están ligados a esos entierros que eran tan quiteños, tradicionales. Desde las gradas de la casa de la familia Villacís, ubicada a mano izquierda al subir por la calle Mejía, ella podía mirar hacia la plazoleta. Tenía cuatro o cinco años cuando comenzó a ver las carrozas negras que subían hacia el cementerio.
Eran carrozas tiradas por caballos negros. Los animales llevaban los ojos cubiertos y sobre sus lomos lucían una especie de gruesos tejidos, parecidos a chales. La carroza fúnebre era negra y estaba adornada con detalles dorados.
Para una niña, aquello era un espectáculo extraño y solemne. Pero antes de estas carrozas, le había contado su tía, los muertos eran trasladados por sus familiares y amigos a pie, cargaban los ataúdes por la espalda e iban por el costado de la quebrada hasta llegar al camposanto.
Era una ciudad en la que la muerte también formaba parte de la vida cotidiana del barrio.
| El puente de El Tejar. Foto: INP. |
Después del sepelio
La ceremonia no terminaba necesariamente con el entierro. La gente de El Tejar recuerda que, frente a la casa de la familia Echeverría, había una cantina a la que acudían los deudos, muchos de ellos indígenas. Allí bebían, bailaban y escuchaban música nacional.
Sanjuanitos y otras canciones acompañaban aquellas reuniones que podían prolongarse durante dos días. El ambiente mezclaba el duelo con la celebración. Se lloraba, se cantaba y se bebía.
Gloria recuerda especialmente una forma de canto que describe como un lamento:
“¡Ay, qué pobrecito! ¡Ay, ay, ay, ay!”.El dolor, los lamentos y la música parecían confundirse entre los llantos. Los indígenas tomaban abundante chicha de jora en pilches.
Una ciudad que desapareció
El Tejar no era todavía el barrio que hoy conocen quienes pasan por sus calles. En la zona donde ahora están los túneles había casas. La antigua casa de su abuelo, perteneciente a la familia Reyes —que después sería Muñoz Reyes— estaba cerca del lugar donde se encontraba el puente. Allí vivieron generaciones de la familia.
También recuerda la plazoleta, antes de que fuera parque; las bancas, las casas bajas, las tiendas, la cantina, los vecinos y la tranquilidad de un barrio donde los niños podían caminar sin el temor que, existe actualmente.
Luego llegaron los cambios. Gloria recuerda especialmente la época en que comenzaron a llegar los llamados “cacharreros” colombianos y, con ellos, una transformación del sector. El parque donde había crecido empezó a deteriorarse y la vida del barrio dejó de ser la misma.
| El puente de piedra de El Tejar. Según la leyenda, el alma de la mujer en pena recorría ese sector. Foto: Internet. |
Esas leyendas sí que asustaban cuando los abuelos las contaban.
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