viernes, 1 de junio de 2018

Las terminales terrestres son un refugio para los venezolanos migrantes

En la Terminal Terrestres de Carcelén, decenas de ciudadanos venezolanos pernoctan durante las noches. En la gráfica, un grupo de 'llaneros' hacen fila para recibir los alimentos que reparte una familia solidaria. Foto: EL COMERCIO
30 de mayo del 2018



Diego Bravo Carvajal


 En la Terminal Interprovincial de Carcelén, ubicada en el norte de Quito, alrededor de 30 venezolanos pernoctan las noches. No tienen otro lugar en donde quedarse para descansar. Por las mañanas, ellos trabajan allí vendiendo dulces o cargando maletas para juntar dinero y luego movilizarse hasta la frontera con Perú.


Son grupos que cambian. Unos se quedan una o dos semanas y se van. Luego llegan otros que hacen lo mismo y así se repite sucesivamente. A veces son familias completas con niños pequeños, las cuales huyen de la crisis económica y política que afecta a ese país.


Su objetivo es viajar a Lima y juntarse con sus parientes y amigos, quienes viven allí. La noche de este martes 29 de mayo del 2018, ellos contaron sus historias y pidieron a las autoridades que les permitan quedarse allí, pues aseguran que el sitio es seguro y no se exponen a que les roben en la calle.


“Vengo de Caracas y estoy en Quito dos días. Atravesamos Colombia en una semana”, contó Gustavo Torrivilla, un barbero de 26 años. Como sus compatriotas, él se alimentó esta noche con la comida que una familia quiteña les llevó para ayudarles.

“Les damos desayuno, café con dos panes. Por la noche les traemos sopa caliente. No comen nada durante el día porque todo el dinero que ganan lo juntan para comprar el pasaje e irse a Huaquillas, en la provincia de El Oro, frontera con Perú”, manifestó Francisco Reinoso, un oficial en servicio pasivo de la Marina, quien reparte alimentos junto a su esposa e hijas desde hace 10 días.


Esta noche les prepararon una crema de zapallo con verduras y pan. Otro día les llevaron una olla grande con aguado de gallina. El objetivo –explicó Reinoso- es solidarizarse con la gente que sufre tras salir de su país. Los migrantes no están acostumbrados al frío de Quito, el cual es más intenso en los días lluviosos.


“Algunos tenemos sábanas que nos regalaron en un refugio de Ibarra, en Imbabura (…) Tenemos que dormir todos ahí juntitos en la sala de espera, sentados, en el piso, como nos podamos acomodar”, manifestó Zadhay Acosta, de 19 años, quien vino caminando desde Cúcuta (frontera colombo-venezolana) hasta Ecuador.


“Más tristeza dan quienes duermen en la calzada con más frío. La mayoría de venezolanos estamos acostumbrados a climas calurosos. Nos afectan las bajas temperaturas”, contó la mujer.


Este Diario entrevistó al arquitecto Bolívar Muñoz, gerente de terminales y estacionamientos de la Empresa Pública Metropolitana de Movilidad y Obras Públicas (Epmmop) del Municipio. Dijo que las terminales son espacios públicos que están abiertos las 24 horas del día para servir a la comunidad.


“De ninguna manera, a nadie se le puede sacar, excepto que generen disturbios, lo cual no se ha dado”, enfatizó. A su juicio, la llegada de migrantes venezolanos a las estaciones de Carcelén y Quitumbe, en el sur de Quito, no es nueva.


“Pueden quedarse hasta encontrar la unidad que les lleve a su destino, No hay restricción para retirarles”. Asimismo, explicó que desde hace dos meses se registra la afluencia de venezolanos en las estaciones interprovinciales.


Añadió que hay zonas en donde la gente pernocta hasta encontrar un autobús y viajar. “Ellos no están permanentemente en la terminal, es por períodos muy cortos. No se quedarán para toda la vida”.

sábado, 12 de mayo de 2018

Niños y sus padres madrugan para tomar un turno en el Hospital Baca Ortiz


Conforme avanzaban los minutos, desde las 05:30 hasta las 06:00 de este miércoles, más gente arribaba al Hospital. Foto: Diego Bravo / EL COMERCIO

Diego Bravo Carvajal


Decenas de niños y sus padres madrugaron este miércoles, 9 de mayo del 2018, para tomar un turno en el Hospital Baca Ortiz, en el centro-norte de Quito. Desde las 05:00 aproximadamente, ellos se agolparon en el ingreso de ese centro que da a la avenida Colón.


El termómetro marcaba 8 grados a esa hora. Los pequeños vestían chompas térmicas y gorros de lana. A los más pequeños les abrigaron con cobijas. En esos momentos se sentía el frío de la madrugada que era intenso. Esto por la lluvia que horas antes cayó sobre la ciudad. El hijo de Roxani, Edward, tiene leucemia desde hace dos años.


Ambos se despertaron a las 04:30 para salir temprano de su casa, ubicada en Chimbacalle, y acudir al centro. Llegaron a las 05:10 y estaban entre los primeros de la fila, integrada por unas 40 personas. “Venimos cada ocho días. Madrugamos porque se acumula mucha gente”.


Cuenta que los turnos se entregan a partir de las 06:30. Si llegan temprano –cuenta la mujer- Edward es atendido a las 07:00. Una realidad similar vive Rocío y su hija, Saraí, de 1 año y 8 meses. Hoy, ellas salieron a las 04:30 desde su casa en Calderón, extremo norte de Quito. Un vehículo les cobró USD 10 por transportarlas.


La niña padece insuficiencia suprarrenal desde que nació y el objetivo de la mamá es que la atiendan temprano para luego comprarle las medicinas. “Antes venía cada ocho días. Ahora es trimestralmente. Sería bueno que el hospital abra las puertas y no morirnos de frío, más que nada por los niños”, cuenta Rocío.


Conforme avanzaban los minutos, desde las 05:30 hasta las 06:00 de hoy, más gente arribaba al Hospital. Luis vino desde San Luis de Chillogallo, sur de la urbe, para conseguir un turno.


Su pequeño, de 7 años, tiene principios de hidrocefalia y utiliza una válvula. “Con mi esposa nos levantamos a las 04:30 para alistar a nuestro hijo y salir. Una vez al mes venimos y siempre nos encontramos con la misma realidad de esperar”.


También llegan pacientes de otras provincias, quienes hacen fila para tomar su turno. Juana y su hijo Mateo, de 4 años, viajaron desde Chambo, un cantón de la provincia del Chimborazo.


Ayer viajó a la capital para quedarse por la noche y madrugar. Llegó al Hospital Baca Ortiz, a las 05:30, para ubicarse en los primeros lugares de la fila. “No hay como madrugar con mi niño porque tiene leucemia y es más propenso a que se resfríe". Aseguró que la atención de los médicos es buena, pero hay inconvenientes cuando le toca esperar.


A veces, incluso bajo la lluvia hasta que las puertas del centro asistencial se abran a las 06:00. Víctor viajó desde Ambato para que su hijo, de 2 años y medio sea atendido. El niño tiene cáncer y ambos salieron a las 03:00 de su tierra para llegar a tiempo.


http://www.elcomercio.com/actualidad/ninos-padres-turno-hospital-bacaortiz.html

sábado, 17 de marzo de 2018

Trabajadores sexuales masculinos laboran en cuatro zonas de Quito

Trabajadores sexuales masculinos se ubican en las esquinas de la Plaza Foch (foto) o en las inmediaciones del Puente de El Guambra. Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO


Diego Bravo Carvajal 

La noche de este viernes 16 de marzo del 2018, decenas de trabajadores sexuales masculinos salieron a las calles de Quito a laborar. Se ubican en las esquinas de la Plaza Foch o en las inmediaciones del Puente de El Guambra. Otros están en los centros de diversión nocturna localizados cerca de la Plaza Artigas. Hay otro grupo que permanece en la Plaza de la Independencia.

Esas zonas son identificadas como espacios en donde se ejerce el trabajo sexual masculino, según el mapeo realizado por la organización HTS Goover, la cual busca la protección de derechos de los y las trabajadoras sexuales del Ecuador. Su representante, David González, calcula que en la capital existen aproximadamente 300 hombres que se dedican a esa actividad, sin contar a los extranjeros que también lo hacen y se han incrementado en los últimos años. Ellos comienzan su trabajo a las 21:00 y terminan pasadas las 02:00.

¿Quiénes son sus clientes? La mayoría, hombres y un bajo porcentaje corresponde a mujeres. Eso depende del sitio en donde se encuentran. Se llaman "gigolos" los que solamente tienen intimidad con señoras o chicas, precisa González. Ellos están cerca de la Plaza Artigas.

La noche del viernes, un trabajador sexual contó sus experiencias a este Diario. Se llama Darío, de 32 años, un ingeniero químico venezolano que llegó al Ecuador hace ocho meses. Admite que en su país también se dedicó a eso para mantener a su esposa e hija de 9 años. Mensualmente, él atiende a un promedio de 16 clientes. De ellos, el 70% es hombre, de entre 30 y 45 años, generalmente casados y profesionales, que buscan tener encuentros íntimos con trabajadores sexuales. El resto es mujer.

“Mensualmente, mis ingresos varían. Cuando hay bajas ganancias percibo USD 600. En los mejores momentos gano entre USD 1000 y 1200”.

Asimismo, se contactan con gente por redes sociales, en donde cuelgan sus fotografías cuando se encuentran desnudos y no muestran sus rostros. En otras ocasiones, se paran en las esquinas a la espera de que llegue algún interesado en contratarlos.

A simple vista, ellos lucen como cualquier joven que sale a divertirse en la Plaza Foch y sus alrededores. Su ropa no es llamativa: visten jeans, una chompa abrigada, camiseta y zapatos deportivos. Siempre llevan una mochila, lo cual los mimetiza entre la gente como si fueran estudiantes universitarios.

En la organización HTS Goover se compilan las experiencias de los trabajadores sexuales. González cuenta que hay toda clase de gente que los busca. Unas personas lo hacen solo por sexo. Otras para conversarles su vida y desahogarse mientras toman un café o licor. Se reúnen en hoteles y hostales. La tarifa por cada encuentro varía entre USD 30 y USD 200, dependiendo el cliente.

Los viernes y sábados son los días de más trabajo. Cuando tienen encuentros con mujeres, que son pocos, ellas son casadas o divorciadas. “La última que estuvo conmigo fue una de 38 años que se había separado de su esposo, quien viajó a España y se sentía sola”, señala Darío.

En el mapeo, la organización HTS Goover identificó al Parque El Ejido, junto al Puente de El Guambra, como uno de los sitios en donde los gais y bisexuales contratan trabajadores sexuales varones. A la Plaza de la Independencia, en cambio, acuden quienes son de bajos recursos económicos.

Otra estrategia para conseguir clientes es visitar las discotecas y "enganchar" interesados en contratar sus servicios sexuales.

http://www.elcomercio.com/actualidad/trabajadores-sexuales-masculinos-laboran-quito.html

viernes, 16 de febrero de 2018

Desde la 24 de Mayo, junto a la Iglesia del Robo

La Virgen del Panecillo luce radiante al apreciarla desde la Av. 24 de Mayo

Hace mucho tiempo que no hacía fotos del Centro Histórico de Quito. Me llena mucho caminar por ese lugar.

Una hermosa panorámica de la 24 de Mayo. Fotos: Diego Bravo C.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Conmoción en Quito por ataque de perros a una mujer hasta causarle la muerte


Sandra Elizabeth Quishpe, de 35 años, falleció tras ser atacada por cuatro perros en Chillogallo, sur de Quito. Sus familiares recuerdan que la victima fue destrozada por los animales. Piden justicia por este caso. La tarde de este miércoles, 14 de febrero del 2018, los familiares de la víctima recordaron cómo fueron sus últimas horas de vida. Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO

Familia de mujer que murió atacada por 4 perros en Quito acudió a la Fiscalía

Diego Bravo Carvajal

"Cuida a mis hijos que te aman como si fueras su madre. Siento que me voy y pierdo las fuerzas". Esas fueron las últimas palabras que le dijo Sandra Quishpe, de 35 años, a su hermana, antes de morir tras ser atacada por cuatro perros en el barrio San Luis de Chillogallo, sur de Quito.

La tarde de este miércoles, 14 de febrero del 2018, los familiares de la víctima recordaron cómo fueron sus últimas horas de vida. Ella ingresó a las 07:40 del 9 de febrero al Hospital Enrique Garcés (sur) y falleció a las 15:00. En ese tiempo, ella conversó con sus parientes pese a las graves heridas y antes de ingresar al quirófano.

"Esos perros me arrastraron, tenían una ansiedad de comer carne y me mordían como querían ¡Tenía mucho miedo! Yo les gritaba y ustedes no me escuchaban", eso le dijo a Michelle Lema, hija de la víctima. "También nos dijo que le dolían mucho las piernas", añadió la joven.


Tras el ataque, Sandra estaba irreconocible -según sus allegados- bañada en sangre. Los canes le rompieron parte del cuero cabelludo y huesos de la cabeza.

Le devoraron el talón y el músculo de la pierna. Se le veían las venas y arterias del brazo. “A lo que salió a las 05:00, los perros le agredieron, como más pudieron. La arrastraron. Encontré la chompa, medias, parte de la ropa”, relató Nataly Lema, hija de la mujer fallecida, al caminar por el lugar donde su madre fue atacada.


Sandra se dirigía a su trabajo, en Iñaquito. “Ella trabajaba, nos mantenía a todos, nos daba todo para la comida, porque cuando mi papá y mi esposo a veces no tenían trabajo, ella nos daba todo”, señaló Nataly. Luego agregó que desea que el caso sea llevado a las autoridades para que la muerte de su madre no quede impune. Hernán Lema la encontró herida. Refirió que el ataque se produjo en un pequeño sendero de tierra y hierbas.

Los parientes de Sandra Quishpe acudieron la tarde del miércoles a la Fiscalía para presentar la denuncia. Piden que se haga justicia y este caso no termine en la impunidad. Junto a la casa de la víctima vive la propietaria de los cuatro perros (Tomás, Daki, Lazy y Drago).

La tarde del 14 de febrero, ella pidió la reserva de su identidad y dijo que se defenderá legalmente ante una demanda. Lamentó lo sucedido. “Con este problema de que ha suscitado un caso fortuito, un accidente. Los perros, no sé de qué forma, amanecen afuera. Como usted ve aquí hay un cerramiento grande, un terreno de 1 300 metros en donde los perros recorrían por aquí. Tal vez nosotros los teníamos por precaución porque, como usted ve, este barrio es campo y aquí me han robado, se roban las cosas. Por eso tenía los perritos, pero esto que ha sucedido es muy grave, estamos consternados, sufridos por ser vecinos, por los perros que causaron esto”.

Tras lo ocurrido, la noche del 10 de febrero, empleados del Municipio de Quito llegaron hasta su casa y se llevaron las mascotas.

“Nos retiraron a los perros la noche del sábado, a las 20:00. Llegaron funcionarios del Municipio, de la Agencia Metropolitana de Control. Me defenderé con mi respectivo abogado porque tengo derecho a defenderme”, dijo la mujer.

Posibles cargos penales

Una pena privativa de libertad, de 3 a 5 años, podría ser la sanción para el dueño de un perro que ataque a una persona hasta causarle la muerte. Esto se aplicaría con base en el artículo 145 del Código Orgánico Integral Penal (COIP).

Así lo indica Walter Enríquez Vásquez, abogado y exdecano de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Central del Ecuador. A su juicio, lo que se evaluaría con el debido proceso, en un hecho de esta índole, es el grado de responsabilidad frente al cuidado que debe tener el dueño con su mascota.

 La legislación sería aplicable al caso que generó alarma social, ya que cuatro canes atacaron a una mujer, argumentó el jurista. Es decir, el propietario tuvo que ser precavido en el cuidado de sus animales.

Además, dice, Enríquez, debería tomarse en cuenta al artículo 27 del mismo Código. “Actúa con culpa la persona que infringe el deber objetivo de cuidado, que personalmente le corresponde, produciendo un resultado dañoso. Esta conducta es punible cuando se encuentra tipificada como infracción en el COIP”.


No hubo una actitud dolosa –acotó el doctor Enríquez- pero sí hubo una de orden culposo.

En cuanto a los daños y perjuicios, en su momento, el dueño de los animales debe responder como responsabilidad civil.

Este Diario recorrió esta tarde el barrio donde se produjo la muerte de Sandra. Sus familiares la recuerdan trabajadora, en su puesto de venta de frutas en el mercado Iñaquito.

Antes de morir le pidió a su hija que terminara el colegio y que la iba a apoyar en sus estudios. También apoyaba a su esposo, Segundo Lema, quien trabaja en tareas de construcción.

http://www.elcomercio.com/actualidad/fiscalia-mujer-muerte-ataque-perros.html

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 Una mujer murió atacada por cuatro perros cuando salía a trabajar en Quito

Diego Bravo Redactor (I)

Sandra Elizabeth Quishpe, de 35 años, falleció el pasado viernes 9 de febrero de 2018, cerca de su casa, cuando caminaba para tomar el transporte que la llevaría a su trabajo. Fue atacada por cuatro perros pastor alemán, en Chillogallo, sur de Quito.

Tras el hecho, la Agencia Metropolitana de Control del Municipio de Quito abrió un proceso administrativo y dispuso una medida cautelar: el retiro de los canes a los propietarios.

La Ordenanza 0048, en su artículo 59, señala que serán sancionadas las personas que no mantengan a los animales de compañía dentro de su domicilio con las debidas seguridades o que las dejen transitar por espacios públicos o comunitarios, sin la compañía de una persona responsable del animal, a fin de evitar situaciones de peligro, tanto de las personas como del animal.

 Sandra se dirigía hacia Iñaquito cuando fue sorprendida por los perros. Cada mañana salía de casa con su pareja, pero el viernes él no pudo acompañarla.

En su velatorio, el domingo 11 de febrero, sus familiares estaban afectados. La víctima dejó en la orfandad a dos hijos. Las autoridades investigan el caso. Por fuera de posibles implicaciones penales por la muerte, la Ordenanza 0048 contempla una multa del 45 al 90% de un salario básico para los propietarios de animales que los dejan en la calle.

http://www.elcomercio.com/actualidad/perros-ataque-mujer-muerte-quito.html

jueves, 8 de febrero de 2018

¿Qué pasa con Nathaly Salazar, la ecuatoriana desaparecida en Perú?

Los parientes de la ecuatoriana-española Nathaly Salazar le piden ayuda al presidente Lenín Moreno. Ella desapareció en Perú el 2 de enero pasado. El miércoles realizaron un plantón en la Plaza Grande. Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO


Familiares de Nathaly Salazar, desaparecida en Perú, piden ayuda a las autoridades ecuatorianas
 




Diego Bravo Carvajal

El paradero de la ecuatoriana Nathaly Salazar, de 28 años, es desconocido desde el 1 de enero del 2018. Lo último que se supo de ella es que estuvo de visita en el poblado de Maras, ubicado en el valle Sagrado de los Incas, en Perú.

Las autoridades de ese país señalaron que dos hombres fueron detenidos tras declarar que estuvieron con ella y que supuestamente habría muerto en un accidente. Los investigados son el dueño y un trabajador de un servicio de transporte rústico elevado, similar a un teleférico, que ofrecía a los turistas una visión panorámica de ese valle.

No obstante, los parientes de la joven piden que los ayuden en este caso. El 7 de febrero, acudieron a la Plaza Grande, frente al Palacio de Carondelet, en el Centro Histórico de Quito, para pedir asistencia. También acudieron hoy, 8 de febrero del 2018, al Ministerio del Interior. No están satisfechos con las investigaciones y buscan que el presidente Lenín Moreno les ayude.

Ellos portaban carteles con las frases: "Exigimos justicia para Nataly Salazar", "Sr. presidente, ayúdemos a esclarecer la desaparición", "Desaparecida en Cuzco", "Por favor solicitamos una investigaciones minuciosa sobre este caso", entre otros.

Gloria Flores León, tía de Nathaly Salazar, describe la situación de la familia de la desaparecida: "Mi sobrina viajó al Cuzco, en el sur del Perú, para hacer una investigación sobre las costumbres de los pueblos (indígenas). El último día del viaje, ella tenía planificado irse al poblado de Maras.

El problema es que nunca regresó. Incluso programó movilizarse a otros pueblos, en Bolivia, para conocer las tradiciones de cada cultura, pero eso no ocurrió. Lo último que supimos es que salió del hostal en el que se hospedó, a las 07:00. Pidió ayuda para que le enseñen cómo debía llegar a Maras. Luego desapareció.

Hay dos jóvenes detenidos y están con prisión preventiva. Ahora, lo que le pedimos al presidente Lenín Moreno es que se realicen gestiones para que, en Perú, se les practique las pruebas del polígrafo y ellos digan la verdad. Por favor, señor mandatario, ayúdenos.

Ella es ecuatoriana y usted como representante de este país no debe darnos la espalda. El mismo pedido lo hacemos a Cancillería u otra entidad. Queremos justicia para que se esclarezca este caso y se haga una investigación minuciosa. Nathaly es ecuatoriana-española. Viajó a la península ibérica cuando tenía 12 años, luego de la tragedia del feriado bancario. Sus padres llegaron primero y luego sus otras dos hermanas, quienes actualmente están en España. Ahora, ellas se quedaron solas en Europa, sin sus papás.

Ellos se encuentran en Perú luchando por ubicar a Nathaly. Las autoridades ecuatorianas no nos dicen nada. Se han enviado oficios y no hay respuestas. También le hacemos un pedido a la empresa ecuatoriana de telefonía que contrató Nathaly para que se realice el rastreo satelital de su celular. Quizás así podremos conocer los puntos que ella recorrió.

Ya hicimos esa gestión hace un mes para conocer su último paradero, pero nos notificaron que eso puede esperar de seis a nueve meses. No es justo, tenemos urgencia en localizar el cadáver. Vamos a venir las veces que sean necesarias a la Plaza Grande hasta que nos escuche el presidente Moreno.

La idea es que nos dé una mano y, de ser posible, dialogue con la Fiscalía del Perú. Como lo dije anteriormente, nuestro objetivo es que a los detenidos se les realice la prueba del polígrafo. Allá en Perú nos han ayudado mucho en la búsqueda de mi sobrina.

La última vez que lo hicieron fue el domingo anterior. Incluso participaron elementos de la Cruz Roja y el Cuerpo de Bomberos. Hubo muchos voluntarios de buen corazón. El próximo domingo 11 de febrero se realizará otra búsqueda en Maras. Como familiares de Nathaly, les pedimos a los peruanos que viven en esa zona que nos ayuden".

domingo, 14 de enero de 2018

Cobertura por los 20 años de la guerra del Cenepa II

A inicios del 2015, recorrimos las bases ecuatorianas y peruanas que albergaron soldados por la guerra del Cenepa en 1995. Foto: En la población peruana de Yama Nunka, los pobladores se dedican a la agricultura.  Paúl Rivas / EL COMERCIO

Perú conserva 6 bases militares en zonas donde fue la guerra 
25 de enero del 2015

Por Diego Bravo C. (I)

Yama Nunka es un pequeño caserío de solo cinco familias. Es uno de los últimos pueblos peruanos que están frente a Ecuador. Solo el río Santiago los separa. El miércoles (21 de enero), un poco antes del mediodía un bote se varó a una orilla y cerca estaban los campesinos.

Unos usan botas de caucho y los niños caminan descalzos. Este sitio y otros 58 caseríos, con 4 000 habitantes, pertenecen a la comunidad fronteriza de Papayaco. Hace 20 años, en ese lugar se desarrolló la guerra del Cenepa, que comenzó el 26 de enero de 1995.

Este Diario entró al lugar y para hacerlo desde Ecuador hay que dejar la cédula y registrar los nombres en el destacamento peruano de Cahuide, ubicado frente a su similar ecuatoriano de Soldado Monge.

Un joven soldado registra los datos de la gente en un viejo cuaderno y pasan. Durante el conflicto que duró un mes, el ejército peruano movilizó hasta esos sitios más de 5 000 soldados. Los helicópteros MI-24 de la Fuerza Aérea de ese país, de fabricación rusa, que alcanzaban velocidades de 260 kilómetros por hora y que portaban ametralladoras, rockets y misiles sobrevolaban esa zona.


“De esos aparatos salían militares y nos dijeron que estábamos en guerra. No entendíamos lo que pasaba, porque con los ecuatorianos nos llevábamos bien y nuestros padres son de ese país. En 1995 nos enseñaron a disparar y pidieron que defendamos al Perú”, recuerda Elías Flores, de 54 años, que vive en Yama Nunka. Han transcurrido dos décadas de los combates y el escenario no ha cambiado en el lugar.
La gente consume agua entubada y no tienen electricidad e Internet. Tienen teléfonos satelitales, para llamar a sus parientes de otras comunidades o a los que viven en Morona (Ecuador). Se alimentan de yuca, plátano, pescado del río Santiago y adquieren jabón, aceite, fideos, harinas y utensilios de cocina en Ecuador.

Solamente se movilizan en lanchas con motores fuera de borda. A dos horas de allí opera el Batallón de Infantería de Selva en Ampama, uno de los puntos de abastecimiento de las tropas peruanas en 1995. Ahora, Ecuador aún conserva seis puestos militares en las zonas de la guerra. Felicita López tenía 14 años cuando vivía en ese sitio y estalló la guerra. Recuerda que cientos de soldados se formaban en el patio de esa base para cantar el himno del Perú.

La única forma de acceso es por lancha o helicóptero. Lo mismo ocurre para llegar al fuerte militar Minchan en donde funciona la Compañía de Desminado Humanitario N° 116 del Perú que retira explosivos en los puestos de vigilancia de Chiqueiza, Cahuide y en el Alto Cenepa. En los alrededores están otras comunidades de Papayaco cuya principal actividad es la agricultura y pesca.

Al mediodía de ese miércoles, habitantes del caserío San Martín recordaban lo que ocurrió en la guerra de 1995 cuando los indígenas Awaruna del Perú ayudaron a las tropas de su país. Eduardo Dávila, de 44 años, vive allí y en su memoria guarda el sonido de los aviones supersónicos y las explosiones que “sacudían la tierra”.

“Únicamente hubo miseria y preocupación, porque nuestras familias se separaron por irse a sitios más seguros. Yo dormía en el monte para no morir y tenía miedo. Por las noches, las bombas se veían como juegos pirotécnicos”, relata el hombre.

También murieron jóvenes de ese sitio que pelearon en la guerra. Eduardo Isam fue sobrino de Flores y tenía 19 años cuando una bala le impactó mientras estaba en Tiwintza. El hombre recuerda que –entre enero y febrero de 1995- los helicópteros peruanos trasladaban a los heridos a los hospitales de las ciudades de Bagua o Chachapoyas, capital de Amazonas.

Por el río Santiago subían lanchas con soldados. Desde su comunidad, Flores y otros hombres veían cómo se transportaban las ametralladoras antiaéreas DSHK de 12,7 milímetros del Perú, alimentos y pertrechos militares. Cuenta que desde Yama Nunka hay un camino, cuyo trayecto dura tres horas, desde el cual se puede acceder al destacamento ecuatoriano de Teniente Hugo Ortiz, en plena zona de guerra, en donde hay seis soldados y comparten alimentos con los militares del vecino país que viven en la base Chiqueiza.

Para regresar al Ecuador desde las comunidades peruanas fronterizas, el viaje se prolonga una hora más en lancha. La razón: el bote navega a contracorriente y se requiere más potencia en el motor.
Los ocupantes utilizan plásticos para protegerse de la lluvia y el conductor de la embarcación lleva 18 galones de combustible para todo el viaje, así como aceite de dos tiempos para la máquina.

Para volver a Ecuador hay que retirar las cédulas en el puesto de vigilancia de Cahuide y navegar dos horas más hasta llegar a Santiago. Allí funciona el Batallón 61 de Selva, otro de los puntos de concentración de los soldados ecuatorianos durante la guerra del Cenepa…

 http://www.elcomercio.com/actualidad/peru-conserva-basesmilitares-guerra-cenepa.html

20 años después de la guerra aún quedan por desminar 3 provincias
24 de enero del 2015

Diego Bravo C. (I)

Ocho desminadores trabajan en medio del lodo y ese día destruyeron una mina antipersonal, de fabricación española, que los soldados peruanos enterraron, hace 20 años, cuando los dos países iniciaron un conflicto bélico en el Cenepa. Únicamente hay un estrecho sendero delimitado con cintas rojas y amarillas. Por ahí caminan todos y para llegar a ese sitio los únicos accesos son las lanchas o por aire.

Ese día, el helicóptero Puma del Ejército aterrizó en un helipuerto. Allí estaban los ocho militares ecuatorianos que integran el Comando de Desminado del Batallón de Ingenieros Nº 68 Cotopaxi. Pablo Ungucha tiene 45 años.

Es parte de se grupo. En 1995 combatió en la guerra y ahora retira los explosivos. Mañana se cumplen dos décadas del comienzo del enfrentamiento armado y el desminado terminó solo en Loja y El Oro. Aún falta por detectar dispositivos en Pastaza, Zamora y Morona Santiago, la provincia en la que opera Remolinos. En ese destacamento todavía se conservan intactas las trincheras. Las secuelas de las explosiones aún están latentes.

Ahora Jorge Cisneros tiene 73 años, pero mientras se daba la guerra uno de esos artefactos le destruyó su pierna izquierda. Sucedió mientras caminaba por una zona fronteriza y abandonada en Zapotillo (Loja). Estuvo hospitalizado y le colocaron tres prótesis. En ese tiempo, él hizo un curso de tapicería, hoy vive de esa actividad y “recibe asistencia”. Lo mismo vivió Sixto Suquilanda a los 14 años, cuando también le amputaron la pierna derecha y le colocaron un implante. Hizo terapia física para recuperarse y estudió informática. Ahora trabaja en el Hospital Militar de Guayaquil.

Otros 41 militares ecuatorianos perdieron sus extremidades. Ungucha recuerda que a uno de sus compañeros le amputaron los dedos del pie izquierdo en pleno enfrentamiento armado de 1995. El uniformado no se percató que caminaba en una zona prohibida y un mina explotó al pisarla. Las tareas de desminado comenzaron en el año 2000 tras la firma de la paz entre Ecuador y Perú. El teniente coronel Frank Landázuri es el comandante del Batallón de Ingenieros Nº 68 Cotopaxi.

En ese cargo está desde agosto del año pasado y en su computadora portátil registra lo que se ha invertido en este trabajo: USD 9,5 millones desde el 2009. El oficial, de cabello cano, asegura que en los últimos 14 años no se han reportado accidentes de soldados, pese a que ellos trabajan en condiciones exigentes.

Los ocho que estaban en Remolinos llevaban encima de su camuflaje 28 kilos de equipamiento: la armadura kevlar, una aleación capaz de contener una detonación, un casco con visera y gruesos escarpines de caucho en las botas para evitar fracturas o amputaciones.

A estos se suma una mochila con una pala, un cincel, estacas, un serrucho, una tijera metálica grande para cortar hierba... Dicen que todo lo miden milimétricamente para evitar cualquier accidente. Este tipo de equipos también fue usado en la cordillera del Cóndor para retirar los explosivos sembrados junto a los hitos fronterizos.

El sargento Gonzalo Martínez supervisó esas tareas y contó que los soldados ecuatorianos dormían allí en carpas, en medio de los árboles. Mientras trabajaban, pequeños jaguares se acercaban a su campamento atraídos por el olor de la comida; serpientes ingresaban dentro de las cubiertas de lona. Tenían un cocinero y se distraían con Internet satelital o televisión por cable. “No podíamos movernos, pues había explosivos y corríamos el riesgo de sufrir accidentes”.

Por la mañana, la temperatura era de 28 grados en la selva, pero subía a 35 dentro del armazón forrado con fibra verde, negra y marrón del camuflaje de los militares. Por las noches, el frío bajaba a 10 grados y se abrigaban con cobijas.

“A la altura de la cordillera del Cóndor ya están las nubes y hay mucha agua. Por eso hay bastante frío allí”, cuenta Martínez. Ellos pasaron varios días en ese lugar hasta dejar el lugar habilitado.

En Remolinos el panorama es igual y así trabajan los soldados. Los uniformados recuerdan que en el conflicto del 95, las tropas ecuatorianas utilizaron una sola clase de explosivos. Estos eran de fabricación brasileña, mientras que los peruanos trasladaron al lugar del conflicto los dispositivos fabricados en Rusia, Estados Unidos, Israel, España y los que eran elaborados en ese país.

Ungucha recuerda que en ese entonces las minas daban cierta tranquilidad a las tropas ecuatorianas, pues sabían que estas alejaban a los soldados del Perú. La idea era que no se acercaran a sus puestos de combate y ocurriera un ataque masivo, especialmente en la noche. Ahora la paradoja es que siente preocupación. Quiere sacarlas pronto para que no haya personas heridas en accidentes...



http://www.elcomercio.com/actualidad/20anos-guerra-minas-frontera-ecuadorperu.html