Un blog - revista que rescata las historias, leyendas y personajes olvidados de Quito. También los invaluables tesoros que hay en las hemerotecas.
domingo, 14 de enero de 2018
Cobertura por los 20 años de la guerra del Cenepa II
Perú conserva 6 bases militares en zonas donde fue la guerra
25 de enero del 2015
Por Diego Bravo C. (I)
Yama Nunka es un pequeño caserío de solo cinco familias. Es uno de los últimos pueblos peruanos que están frente a Ecuador. Solo el río Santiago los separa. El miércoles (21 de enero), un poco antes del mediodía un bote se varó a una orilla y cerca estaban los campesinos.
Unos usan botas de caucho y los niños caminan descalzos. Este sitio y otros 58 caseríos, con 4 000 habitantes, pertenecen a la comunidad fronteriza de Papayaco. Hace 20 años, en ese lugar se desarrolló la guerra del Cenepa, que comenzó el 26 de enero de 1995.
Este Diario entró al lugar y para hacerlo desde Ecuador hay que dejar la cédula y registrar los nombres en el destacamento peruano de Cahuide, ubicado frente a su similar ecuatoriano de Soldado Monge.
Un joven soldado registra los datos de la gente en un viejo cuaderno y pasan. Durante el conflicto que duró un mes, el ejército peruano movilizó hasta esos sitios más de 5 000 soldados. Los helicópteros MI-24 de la Fuerza Aérea de ese país, de fabricación rusa, que alcanzaban velocidades de 260 kilómetros por hora y que portaban ametralladoras, rockets y misiles sobrevolaban esa zona.
“De esos aparatos salían militares y nos dijeron que estábamos en guerra. No entendíamos lo que pasaba, porque con los ecuatorianos nos llevábamos bien y nuestros padres son de ese país. En 1995 nos enseñaron a disparar y pidieron que defendamos al Perú”, recuerda Elías Flores, de 54 años, que vive en Yama Nunka. Han transcurrido dos décadas de los combates y el escenario no ha cambiado en el lugar.
La gente consume agua entubada y no tienen electricidad e Internet. Tienen teléfonos satelitales, para llamar a sus parientes de otras comunidades o a los que viven en Morona (Ecuador). Se alimentan de yuca, plátano, pescado del río Santiago y adquieren jabón, aceite, fideos, harinas y utensilios de cocina en Ecuador.
Solamente se movilizan en lanchas con motores fuera de borda. A dos horas de allí opera el Batallón de Infantería de Selva en Ampama, uno de los puntos de abastecimiento de las tropas peruanas en 1995. Ahora, Ecuador aún conserva seis puestos militares en las zonas de la guerra. Felicita López tenía 14 años cuando vivía en ese sitio y estalló la guerra. Recuerda que cientos de soldados se formaban en el patio de esa base para cantar el himno del Perú.
La única forma de acceso es por lancha o helicóptero. Lo mismo ocurre para llegar al fuerte militar Minchan en donde funciona la Compañía de Desminado Humanitario N° 116 del Perú que retira explosivos en los puestos de vigilancia de Chiqueiza, Cahuide y en el Alto Cenepa. En los alrededores están otras comunidades de Papayaco cuya principal actividad es la agricultura y pesca.
Al mediodía de ese miércoles, habitantes del caserío San Martín recordaban lo que ocurrió en la guerra de 1995 cuando los indígenas Awaruna del Perú ayudaron a las tropas de su país. Eduardo Dávila, de 44 años, vive allí y en su memoria guarda el sonido de los aviones supersónicos y las explosiones que “sacudían la tierra”.
“Únicamente hubo miseria y preocupación, porque nuestras familias se separaron por irse a sitios más seguros. Yo dormía en el monte para no morir y tenía miedo. Por las noches, las bombas se veían como juegos pirotécnicos”, relata el hombre.
También murieron jóvenes de ese sitio que pelearon en la guerra. Eduardo Isam fue sobrino de Flores y tenía 19 años cuando una bala le impactó mientras estaba en Tiwintza. El hombre recuerda que –entre enero y febrero de 1995- los helicópteros peruanos trasladaban a los heridos a los hospitales de las ciudades de Bagua o Chachapoyas, capital de Amazonas.
Por el río Santiago subían lanchas con soldados. Desde su comunidad, Flores y otros hombres veían cómo se transportaban las ametralladoras antiaéreas DSHK de 12,7 milímetros del Perú, alimentos y pertrechos militares. Cuenta que desde Yama Nunka hay un camino, cuyo trayecto dura tres horas, desde el cual se puede acceder al destacamento ecuatoriano de Teniente Hugo Ortiz, en plena zona de guerra, en donde hay seis soldados y comparten alimentos con los militares del vecino país que viven en la base Chiqueiza.
Para regresar al Ecuador desde las comunidades peruanas fronterizas, el viaje se prolonga una hora más en lancha. La razón: el bote navega a contracorriente y se requiere más potencia en el motor.
Los ocupantes utilizan plásticos para protegerse de la lluvia y el conductor de la embarcación lleva 18 galones de combustible para todo el viaje, así como aceite de dos tiempos para la máquina.
Para volver a Ecuador hay que retirar las cédulas en el puesto de vigilancia de Cahuide y navegar dos horas más hasta llegar a Santiago. Allí funciona el Batallón 61 de Selva, otro de los puntos de concentración de los soldados ecuatorianos durante la guerra del Cenepa…
http://www.elcomercio.com/actualidad/peru-conserva-basesmilitares-guerra-cenepa.html
20 años después de la guerra aún quedan por desminar 3 provincias
24 de enero del 2015
Diego Bravo C. (I)
Ocho desminadores trabajan en medio del lodo y ese día destruyeron una mina antipersonal, de fabricación española, que los soldados peruanos enterraron, hace 20 años, cuando los dos países iniciaron un conflicto bélico en el Cenepa. Únicamente hay un estrecho sendero delimitado con cintas rojas y amarillas. Por ahí caminan todos y para llegar a ese sitio los únicos accesos son las lanchas o por aire.
Ese día, el helicóptero Puma del Ejército aterrizó en un helipuerto. Allí estaban los ocho militares ecuatorianos que integran el Comando de Desminado del Batallón de Ingenieros Nº 68 Cotopaxi. Pablo Ungucha tiene 45 años.
Es parte de se grupo. En 1995 combatió en la guerra y ahora retira los explosivos. Mañana se cumplen dos décadas del comienzo del enfrentamiento armado y el desminado terminó solo en Loja y El Oro. Aún falta por detectar dispositivos en Pastaza, Zamora y Morona Santiago, la provincia en la que opera Remolinos. En ese destacamento todavía se conservan intactas las trincheras. Las secuelas de las explosiones aún están latentes.
Ahora Jorge Cisneros tiene 73 años, pero mientras se daba la guerra uno de esos artefactos le destruyó su pierna izquierda. Sucedió mientras caminaba por una zona fronteriza y abandonada en Zapotillo (Loja). Estuvo hospitalizado y le colocaron tres prótesis. En ese tiempo, él hizo un curso de tapicería, hoy vive de esa actividad y “recibe asistencia”. Lo mismo vivió Sixto Suquilanda a los 14 años, cuando también le amputaron la pierna derecha y le colocaron un implante. Hizo terapia física para recuperarse y estudió informática. Ahora trabaja en el Hospital Militar de Guayaquil.
Otros 41 militares ecuatorianos perdieron sus extremidades. Ungucha recuerda que a uno de sus compañeros le amputaron los dedos del pie izquierdo en pleno enfrentamiento armado de 1995. El uniformado no se percató que caminaba en una zona prohibida y un mina explotó al pisarla. Las tareas de desminado comenzaron en el año 2000 tras la firma de la paz entre Ecuador y Perú. El teniente coronel Frank Landázuri es el comandante del Batallón de Ingenieros Nº 68 Cotopaxi.
En ese cargo está desde agosto del año pasado y en su computadora portátil registra lo que se ha invertido en este trabajo: USD 9,5 millones desde el 2009. El oficial, de cabello cano, asegura que en los últimos 14 años no se han reportado accidentes de soldados, pese a que ellos trabajan en condiciones exigentes.
Los ocho que estaban en Remolinos llevaban encima de su camuflaje 28 kilos de equipamiento: la armadura kevlar, una aleación capaz de contener una detonación, un casco con visera y gruesos escarpines de caucho en las botas para evitar fracturas o amputaciones.
A estos se suma una mochila con una pala, un cincel, estacas, un serrucho, una tijera metálica grande para cortar hierba... Dicen que todo lo miden milimétricamente para evitar cualquier accidente. Este tipo de equipos también fue usado en la cordillera del Cóndor para retirar los explosivos sembrados junto a los hitos fronterizos.
El sargento Gonzalo Martínez supervisó esas tareas y contó que los soldados ecuatorianos dormían allí en carpas, en medio de los árboles. Mientras trabajaban, pequeños jaguares se acercaban a su campamento atraídos por el olor de la comida; serpientes ingresaban dentro de las cubiertas de lona. Tenían un cocinero y se distraían con Internet satelital o televisión por cable. “No podíamos movernos, pues había explosivos y corríamos el riesgo de sufrir accidentes”.
Por la mañana, la temperatura era de 28 grados en la selva, pero subía a 35 dentro del armazón forrado con fibra verde, negra y marrón del camuflaje de los militares. Por las noches, el frío bajaba a 10 grados y se abrigaban con cobijas.
“A la altura de la cordillera del Cóndor ya están las nubes y hay mucha agua. Por eso hay bastante frío allí”, cuenta Martínez. Ellos pasaron varios días en ese lugar hasta dejar el lugar habilitado.
En Remolinos el panorama es igual y así trabajan los soldados. Los uniformados recuerdan que en el conflicto del 95, las tropas ecuatorianas utilizaron una sola clase de explosivos. Estos eran de fabricación brasileña, mientras que los peruanos trasladaron al lugar del conflicto los dispositivos fabricados en Rusia, Estados Unidos, Israel, España y los que eran elaborados en ese país.
Ungucha recuerda que en ese entonces las minas daban cierta tranquilidad a las tropas ecuatorianas, pues sabían que estas alejaban a los soldados del Perú. La idea era que no se acercaran a sus puestos de combate y ocurriera un ataque masivo, especialmente en la noche. Ahora la paradoja es que siente preocupación. Quiere sacarlas pronto para que no haya personas heridas en accidentes...
http://www.elcomercio.com/actualidad/20anos-guerra-minas-frontera-ecuadorperu.html
lunes, 25 de diciembre de 2017
Las deudas son otra secuela que dejan las desapariciones
Diego Bravo Redactor (I)
Las historias se repiten. Viajan de provincia en provincia, mandan a imprimir afiches, duermen en modestos hoteles, visitan morgues y pasan semanas en la Fiscalía. Otros perdieron sus trabajos, acabaron sus ahorros, se endeudaron en bancos y su sueldo lo destinaron al pago de trámites, movilización, copias de documentos, abogados. Todo para buscar a sus familiares desaparecidos...
Desde hace 20 años, María Eugenia Basantes trabaja y ahorra dinero solo para localizar a su hijo Adrián, desaparecido la mañana del 6 de noviembre de 1994 en el antiguo terminal Cumandá del centro de Quito. Solo tenía dos años.
Ese día, la mujer estaba en el restaurante de una pariente cuando, en un descuido, el pequeño salió del local y no volvió. La mujer trabaja en quehaceres domésticos puertas adentro. Dice que así ahorra dinero. Cuando acumula unos USD 500 o 1 000 renuncia y sigue en la búsqueda. “Ese es mi ritmo de vida en las dos últimas décadas”.
Ella viajó a Cuenca, Guayaquil y Quevedo para pegar afiches en escuelas, paradas de buses, estaciones de Policía, locales comerciales. Se hospedaba en hoteles que no cuestan más de USD 10 la noche. Ahora no tiene empleo y se le terminan los USD 1 000 que había ahorrado. Adrián se extravió un domingo. Según datos de la Dinased, una unidad especial de la Policía, en ese día se reporta la menor cantidad de desapariciones en el país.
De los 4 934 casos que hubo en el 2014, 417 ocurrieron un fin de semana. En la Asociación de Amigos y Familiares de Desaparecidos (Asfadec) hay cálculos de cuánto han gastado sus 80 afiliados: hasta USD 20 000. Telmo Pacheco es presidente de este grupo y está endeudado en USD 9 000 en un banco. Su hijo no vuelve a casa desde el 2011. Hizo préstamos y ese dinero le sirve para viajar a Loja, ciudad en donde se vio por última vez a Orlando. Él y los familiares de los desaparecidos se reúnen todos los miércoles en la Plaza Grande.
En el último estuvo Rosa López. Su nieto Marcelo Estévez falleció en abril del 2012. La mujer de 80 años levantaba un cartel con las fotos de cientos de personas que no han regresado a sus hogares. En torno a la organización de desaparecidos que lidera su hija, Susana, se unieron más deudos. Álix Ardila es otra afectada que ha gastado cerca de USD 20 000 para buscar a su hija Carolina Garzón. Ella viajó desde Bogotá y en Colombia vendió una casa y un vehículo.
Luego de casi tres años de este caso, el viernes, 13 de marzo se realizó la reconstrucción de los hechos en el barrio Paluco (suroriente de la capital), en donde la vieron por última vez. Con el dinero de la venta, ella ha gastado en movilización y comida. Al principio arrendó un departamento a USD 180 en el norte de Quito, pero luego se cambió a la casa de Telmo Pacheco.
Él la ayuda con alojamiento a bajo costo, pero cada mes gasta USD 600 en la impresión de 1 000 afiches con la foto de su hija. Lo mismo vive Sandra Guamán en la búsqueda de su hija María de siete años. Ella se extravió el 22 de enero del 2014 en Loja. La mujer vendía espumilla en el centro de esa ciudad cuando la menor se perdió. Ella es comerciante y su esposo es ayudante de albañilería. Sus ingresos de USD 150 no son suficientes y se endeudaron en USD 1 000.
Con esa cantidad, ellos recorrieron Zamora Chinchipe y Morona Santiago en bus. Allí visitaron morgues, pegaron carteles. También visitaron radios y periódicos locales para anunciar la desaparición. Hasta se movilizaron a las ciudades peruanas de Piura y Zuliana para localizar a la niña.
En un año gastaron más de USD 3 000. Guamán llora al pensar que su hija fue robada y llevada al Perú. Dice que el Ministerio del Interior le ha ayudado a pagar los gastos de alojamiento y pasajes de avión cuando ella viene a Quito para reunirse con las autoridades. Pilar Tobar también asiste a los plantones de desaparecidos. Ella es hermana de Camilo, que no volvió desde el 17 de abril del 2012 en Tumbaco (Pichincha). Para buscarlo, ha faltado al trabajo y eso le representa un día de descuento.
Ha llegado a gastar USD 50 diarios en pancartas, movilización, agua para personas que le acompañan a las búsquedas o en los plantones. Pero no todas las personas pueden costear los gastos tras las desapariciones de sus parientes. Nelly Oviedo no vuelve a su casa, en Ambato, desde el 7 de abril del 2007 y su hermana, Vilma, no puede buscarla. Simplemente dice que no tiene dinero.
Recibe menos del sueldo básico por lavar ropa. Puso la denuncia, pero en eso se quedó el caso. Su voz se quiebra al recordar que no puede buscarla...
Las historias se repiten. Viajan de provincia en provincia, mandan a imprimir afiches, duermen en modestos hoteles, visitan morgues y pasan semanas en la Fiscalía. Otros perdieron sus trabajos, acabaron sus ahorros, se endeudaron en bancos y su sueldo lo destinaron al pago de trámites, movilización, copias de documentos, abogados. Todo para buscar a sus familiares desaparecidos...
Desde hace 20 años, María Eugenia Basantes trabaja y ahorra dinero solo para localizar a su hijo Adrián, desaparecido la mañana del 6 de noviembre de 1994 en el antiguo terminal Cumandá del centro de Quito. Solo tenía dos años.
Ese día, la mujer estaba en el restaurante de una pariente cuando, en un descuido, el pequeño salió del local y no volvió. La mujer trabaja en quehaceres domésticos puertas adentro. Dice que así ahorra dinero. Cuando acumula unos USD 500 o 1 000 renuncia y sigue en la búsqueda. “Ese es mi ritmo de vida en las dos últimas décadas”.
Ella viajó a Cuenca, Guayaquil y Quevedo para pegar afiches en escuelas, paradas de buses, estaciones de Policía, locales comerciales. Se hospedaba en hoteles que no cuestan más de USD 10 la noche. Ahora no tiene empleo y se le terminan los USD 1 000 que había ahorrado. Adrián se extravió un domingo. Según datos de la Dinased, una unidad especial de la Policía, en ese día se reporta la menor cantidad de desapariciones en el país.
De los 4 934 casos que hubo en el 2014, 417 ocurrieron un fin de semana. En la Asociación de Amigos y Familiares de Desaparecidos (Asfadec) hay cálculos de cuánto han gastado sus 80 afiliados: hasta USD 20 000. Telmo Pacheco es presidente de este grupo y está endeudado en USD 9 000 en un banco. Su hijo no vuelve a casa desde el 2011. Hizo préstamos y ese dinero le sirve para viajar a Loja, ciudad en donde se vio por última vez a Orlando. Él y los familiares de los desaparecidos se reúnen todos los miércoles en la Plaza Grande.
En el último estuvo Rosa López. Su nieto Marcelo Estévez falleció en abril del 2012. La mujer de 80 años levantaba un cartel con las fotos de cientos de personas que no han regresado a sus hogares. En torno a la organización de desaparecidos que lidera su hija, Susana, se unieron más deudos. Álix Ardila es otra afectada que ha gastado cerca de USD 20 000 para buscar a su hija Carolina Garzón. Ella viajó desde Bogotá y en Colombia vendió una casa y un vehículo.
Luego de casi tres años de este caso, el viernes, 13 de marzo se realizó la reconstrucción de los hechos en el barrio Paluco (suroriente de la capital), en donde la vieron por última vez. Con el dinero de la venta, ella ha gastado en movilización y comida. Al principio arrendó un departamento a USD 180 en el norte de Quito, pero luego se cambió a la casa de Telmo Pacheco.
Él la ayuda con alojamiento a bajo costo, pero cada mes gasta USD 600 en la impresión de 1 000 afiches con la foto de su hija. Lo mismo vive Sandra Guamán en la búsqueda de su hija María de siete años. Ella se extravió el 22 de enero del 2014 en Loja. La mujer vendía espumilla en el centro de esa ciudad cuando la menor se perdió. Ella es comerciante y su esposo es ayudante de albañilería. Sus ingresos de USD 150 no son suficientes y se endeudaron en USD 1 000.
Con esa cantidad, ellos recorrieron Zamora Chinchipe y Morona Santiago en bus. Allí visitaron morgues, pegaron carteles. También visitaron radios y periódicos locales para anunciar la desaparición. Hasta se movilizaron a las ciudades peruanas de Piura y Zuliana para localizar a la niña.
En un año gastaron más de USD 3 000. Guamán llora al pensar que su hija fue robada y llevada al Perú. Dice que el Ministerio del Interior le ha ayudado a pagar los gastos de alojamiento y pasajes de avión cuando ella viene a Quito para reunirse con las autoridades. Pilar Tobar también asiste a los plantones de desaparecidos. Ella es hermana de Camilo, que no volvió desde el 17 de abril del 2012 en Tumbaco (Pichincha). Para buscarlo, ha faltado al trabajo y eso le representa un día de descuento.
Ha llegado a gastar USD 50 diarios en pancartas, movilización, agua para personas que le acompañan a las búsquedas o en los plantones. Pero no todas las personas pueden costear los gastos tras las desapariciones de sus parientes. Nelly Oviedo no vuelve a su casa, en Ambato, desde el 7 de abril del 2007 y su hermana, Vilma, no puede buscarla. Simplemente dice que no tiene dinero.
Recibe menos del sueldo básico por lavar ropa. Puso la denuncia, pero en eso se quedó el caso. Su voz se quiebra al recordar que no puede buscarla...
domingo, 10 de diciembre de 2017
Samuel, el pequeño sombrerero
“Se arrodilló y al otro lado del pasadizo vio el jardín más maravilloso que podáis imaginar”
Alicia en el País de las Maravillas
Lewis Carroll
Samuel, el pequeño sombrerero
Te equivocaste de ciudad pequeño sombrerero
ahora que entablo un monólogo sin dibujos in absentia
discretamente te sigo los pasos
lo importante va por dentro
sin chistar camino hasta el claro del bosque
miro por los ojos de Guapulo
Te equivocaste de ciudad pequeño sombrerero
esta no es ciudadhiedra, esta es ciudadpiedra
esta no es ciudadquerida, esta es ciudadherida
Te equivocaste de ciudad pequeño sombrerero
esta es ciudadlatín y ciudadgriego
y nunca ciudadpatín y jamás ciudadriego
esta es ciudadextraña y en absoluto ciudadentraña
Te equivocaste de ciudad pequeño sombrerero
esta es ciudadpus y nunca ciudadluz
se equivocaron tus manos
esta es ciudadfangales y en absoluto ciudadfalanges
Te equivocaste de ciudad pequeño sombrerero
de qué lee el blanco Heraldo mientras desenrolla su pergamino y toca la trompeta
de que música en particular se te acusa o de cual de los poemas que habitaste
o de cual de las convenciones que abdicaste
quien te acusa
quien te persigue
quien te apunta con el arma hacia el rostro infantil
corre sombrerero que no te alcance la ciudad
que no te alcance
Te equivocaste de ciudad pequeño sombrerero
extraviaste el camino
hay demasiado mundo en esta narración
en que se parece un cuervo a un armario
en que se parece un cuerpo a un osario
Respiras cuando duermes
duermes cuando respiras
cantas cuando mueres
mueres cuando cantas
te quedas cuando te has ido
te has ido cuando te quedas
corre pequeño sombrerero no dejes que la montaña se trague tus manos y que la reina sentencie antes del veredicto
Te equivocaste de ciudad pequeño sombrerero
quá día del mes es hoy en ciudadmuerte que jamás será ciudadsuerte
este no es un cuento como los otros
hay demasiada verdad
corre que vos no eres de este mundo
eres muy ángel y aquí hay demasiada certeza y muy poco para la invención
esta es ciudadevitar y nunca ciudadlevitar
Te equivocaste de ciudad pequeño sombrerero
Dejaste la mesa puesta para el té con el lirón, la liebre de marzo, el gato de Chelsire, el Grifo o el Heraldo
esto no es lo que parece mi pequeño sombrerero
esta es ciudadcaída y nunca ciudadcálida
esta es ciudadbalas y nunca ciudadalas
esta es ciudadmalicia y en absoluto ciudadAlicia
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La muerte de Samuel Chambers es un hecho que nos duele y nos muestra la descomposición de la sociedad. ¿Qué sacan haciendo daño a una buena persona? ¿Por qué tanta maldad? Este es un bello poema escrito en su nombre por la brillante poeta quiteña Rocío Soria, a quien respeto mucho por su talento. Una mujer de letras en todo sentido.
martes, 21 de noviembre de 2017
La realidad de los niños con cáncer en Ecuador
Diego Bravo Carvajal
En el 2013 le detectaron un tumor en el brazo izquierdo. Alexandra enfrentó una metástasis, así que el cáncer se expandió al pulmón. Para extraerlo, los médicos le practicaron una cirugía en el tórax. La enfermedad avanzó con tanta agresividad que no resistió y falleció el año pasado, con apenas 11 años.
En algún momento del tratamiento, por falta de recursos económicos, la chica lo abandonó, recordó Wilson Merino Rivadeneira. Él es el coordinador de la iniciativa Acuerdo Nacional contra el Cáncer.
Zayda, de 13, perdió su pierna derecha. Sentía fuertes dolores y sus padres primero la llevaron con curanderos. Cuando el malestar se agravó, ella pidió que le amputaran la extremidad. Su mamá no podía costear los gastos, así que dejó de acudir al oncólogo. También pesaron las distancias.
Ella es originaria de la comunidad Saraguro, ubicada a cuatro horas de Loja y no podía ir al especialista. No logró cumplir con la agenda de citas que le fijó su médico.
Según información levantada por la Fundación Cecilia Rivadeneira, en este año, a escala nacional, el 54% de infantes abandona los procedimientos médicos en algún momento. Las causas: problemas económicos, depresión y las distancias que deben recorrer para acudir a las consultas.
En el 2016 hubo 64 935 pacientes con neoplasias en el país, según el Intituto Ecuatoriano de Estadísticas y Censos (INEC). Las neoplasias malignas son cánceres. De ellos, 5 117 fueron chicos, desde recién nacidos hasta los 14 años. En el 2013 fueron 5 400 casos; 5 349 el 2014 y 4 975 afectados el 2015.
En todos estos años, la mayoría de infantes tuvo leucemia linfoide, cuyos síntomas son moretones, dolor de huesos, fiebre, infecciones frecuentes y sangrados de encías. A escala mundial, la situación es similar. Lo corrobora un estudio del Centro Internacional de Investigaciones de la Organización Mundial de la Salud.
Indica que del 2001 al 2010, esta enfermedad fue 13% más común en los niños que en la década de los ochenta. La leucemia fue la más común en menores de 15, seguida por tumores del sistema nervioso central y los linfomas.
Fernando Checa es oncólogo del Hospital de los Valles de Quito. Asegura que es muy grave que los chicos abandonen los tratamientos, para retomarlos luego. Si se hacen pausas en la medicación para la leucemia, lo más probable es que esta se vuelva más resistente al reanudar los procedimientos.
En otros tipos de cáncer, los tumores pueden generar clones que son muy peligrosos. Ante ese panorama, el colectivo, que en redes sociales aparece como #AcuerdoContraElCáncer, acaba de entregar al Consejo Nacional Electoral (CNE) las 159 786 firmas que recolectó en el país (cuatro veces más de lo requerido).
El colectivo espera por la validación de las firmas para el proyecto de Ley Orgánica de Lucha Integral, como iniciativa ciudadana. Luego vendrá el trámite en la Asamblea. Uno de sus objetivos es generar políticas, para que los pacientes puedan asistir a las consultas.
En ese sentido en la normativa se plantea la creación de un Consejo Nacional de Lucha contra el problema, integrado por ocho instituciones públicas y la misma cantidad de privadas. Merino asegura que el Consejo se encargaría de trabajar en la ejecución de mecanismos lúdicos en los centros asistenciales.
Para que se permita tener clowns hospitalarios para pacientes oncológicos. Así se combatiría la depresión, como ya se hace en algunos casos. También piden la formulación de políticas de empleo solidario. Uno de los mayores problemas -recalca- es que las madres de estos chicos pierden sus trabajos por dedicarse a cuidarlos. Se necesita mayor flexibilidad laboral. Merino es coordinador de esa red, que suma a 18 organizaciones.
El acuerdo surgió hace dos años. Han tenido 39 encuentros territoriales, en los que han participado 9 000 pacientes y sus familiares. La prioridad es convertir a la iniciativa en un proyecto que se enfoque en políticas de prevención del cáncer.
Ayer, delegados de más de cien organizaciones de la sociedad civil se unieron al Acuerdo Nacional contra el Cáncer e intentan que la ciudadanía y las autoridades hagan conciencia. “Lo que no se previene hoy, no es gasto permanente para el Estado después”, repite Merino.
http://www.elcomercio.com/tendencias/cancer-ninos-ecuador-cifras-acuerdocontraelcancer.html
miércoles, 15 de noviembre de 2017
Las amputaciones de pie por la diabetes
Por diabetes, pacientes pueden perder el pie
Diego
Bravo Redactor (I) dbravo@elcomercio.com
A Jorge Quishpe, de 63 años, le
amputaron el pie izquierdo hace una década. Recuerda que su pie empezó a
gangrenarse luego de pisar un clavo.
Él tiene
diabetes desde 1994. Al principio sangró un poco, pero con el pasar de los
días, esa parte comenzó a descomponerse y se hizo morada. La lesión empeoró y
se trasladó a un hospital de la capital. Allí, los médicos le dijeron que tiene
pie diabético y debían cortarlo. Ahora camina con la ayuda de una prótesis.
En esta
semana se recuerda el Día Internacional de ese mal. Según la Organización
Mundial de la Salud (OMS), 1,6 millones de muertes se produjeron por esta
dolencia, a escala global, hasta el 2015. Además, en 1980 hubo 108 millones de
pacientes. En el 2014 se reportaron 422 millones.
Ecuador
no es ajeno a esa realidad. Según estadísticas del Instituto Ecuatoriano de
Estadísticas y Censos (INEC), los decesos subieron en un 51% desde el 2007
hasta el 2016. Es decir, pasaron de 3 292 a 4 906 en 10 años.
Esta
enfermedad causa otras complicaciones como lesiones en vasos sanguíneos y
renales y ceguera. También pie diabético que, a veces, obliga a cercenarlo como
consecuencia de una infección.
El
Ministerio de Salud Pública (MSP) refiere que, en el país, la incidencia de
amputaciones se sitúa entre 2,5 o 6 por cada 1 000 pacientes al año.
Según
datos recopilados en los centros asistenciales del Instituto Ecuatoriano de
Seguridad Social (IESS), 200 se reportaron en el 2015 y 182 en el 2016. Desde
enero hasta septiembre de este año hubo 159.
Carlos
Cadena es endocrinólogo y representante de la Clínica del Pie Diabético del
Hospital Carlos Andrade Marín del IESS. Explica que mensualmente atiende unas
ocho personas con ese problema.
Con base
en datos de la Asociación Americana de Diabetes, él señala que cerca del 15% de
personas sufrirá úlceras en el pie durante el transcurso de la enfermedad. Este
problema se produce -asegura- por el mal control metabólico. A esto se suma que
la gente no se cuida en la alimentación, abusa de los carbohidratos o consumen
bebidas azucaradas en exceso.
Para
William Acosta, líder de Endocrinología del Hospital Eugenio Espejo de Quito,
esta “es una de las complicaciones más tristes porque es la más fácil de
evitar”. Si un paciente con esa enfermedad se cuida el azúcar en la sangre no
tendrá problemas en la extremidad.
En ese
sentido, Romina Costa, responsable de la estrategia nacional de enfermedades
crónicas no transmisibles del MSP, dice que el pie diabético se origina luego
de cinco años de malos controles. Si alguien presenta lesiones, lo primero que
debe hacer es acudir a un centro asistencial. También hay casos -dice Acosta-de
gente a la que se le amputó solo una parte del pie.
Eso lo
vivió Luis Granda, de 75 años, a quien le cortaron una parte del talón
izquierdo. Comenzó a sentir dolor cuando salía a caminar. Luego, apareció una
mancha marrón y cuando llegó al Hospital del IESS le detectaron la lesión. Su
esposa, María Aguas, lo acompaña. Le limpia la herida y lleva al podólogo para
que le corte las uñas y no se lastime.
También
debe cuidarse de no contraer hongos. A Sonia Ponce, de 56, le extirparon dos
dedos. Cuenta que uno de los zapatos especiales que se compró le lastimó. Ante
ese tipo de situaciones -recomiendan los médicos- los pacientes deben usar
medias blancas para detectar que se produjeron lesiones al caminar.
Esto
porque se pierde sensibilidad. “Lo más común es gente que anda con tachuelas en
los zapatos y no se da cuenta”, anota Acosta. En otros casos, contrajeron
lesiones porque tenían pepas de ajonjolí en el calzado y las defensas estaban
tan bajas que les produjeron heridas.
Cadena
asegura que el 50% de los amputados corren el riesgo de perder el otro pie
cinco años después de la primera cirugía. La razón: es más vulnerable a
lesiones.
Esa es la realidad de Quishpe. Tiene una artropatía de charcot, una
deformidad severa causada por la fractura de la articulación del tobillo. Los
médicos del IESS evalúan si deben cortarle el otro pie.
El problema se produjo
porque su pierna aguantó el peso de su cuerpo por años.
https://www.elcomercio.com/tendencias/diabetes-pacientes-pie-amputaciones-enfermedad.html
jueves, 2 de noviembre de 2017
Historias de ecuatorianos casados con extranjeros
Más bodas entre colombianos y ecuatorianos
Diego Bravo Redactor (I)
dbravo@elcomercio.com
El interés de colombianos y venezolanos por emigrar a Ecuador se mantiene. Eso se confirma en grupos de Facebook de ciudadanos de ese país, a dos meses del fin del 2017.
Por ejemplo, en los perfiles Colombianos en Ecuador y Venezolanos en Ecuador, hombres y mujeres piden recomendaciones para viajar. Algunos quieren venir con su familia, otros la forman acá.
Javimar Urdaneta, de 33 años, llegó al país, en el 2009, por la crisis que afecta a Venezuela. Su plan era salir adelante con sus parientes, no pensó que aquí encontraría el amor. Se casó con el quiteño Marco Antonio Cuadrado, de 31 años, el 30 de abril del 2015, tras cumplir tres años de compromiso. Ella es comunicadora social, dirige su propia escuela de baile y es maestra de inglés.
Se conocieron en la empresa petrolera en donde trabajaron. Él como ingeniero en sistemas y ella en el área de documentación. Al principio, el noviazgo fue difícil para él porque su suegra era jefa en la oficina. Pero con el tiempo se ganó su confianza.
Cuadrado tiene un hijo de 6 años de otro compromiso. Urdaneta le ayuda a cuidarlo cuando los visita cada 15 días.
Según el Registro Civil, desde enero del 2016 hasta septiembre de este año, hubo 2 976 matrimonios de ecuatorianos con extranjeros. El mayor número de uniones registradas fue con colombianos: 534. Siguen las nupcias con estadounidenses, españoles, venezolanos e italianos con 334, 330, 296 y 229. Eso coincide con el registro de extranjeros que más ingresó al país en el 2016. Provienen de Colombia, Estados Unidos, Perú, Panamá, España y Venezuela, según el INEC.
Otra pareja binacional es la de Yurani Díaz, de Colombia, y el policía ecuatoriano Diego Ramírez, de 22 y 24 años. Se casaron el 16 de septiembre del 2016, en Quito, tras haber sido novios por cinco años. Viven en Alausí. Planifican tener un bebé el próximo año.
La migración en América Latina es recurrente y crece en un 17% cada año. En la mayoría de casos se trata de ciudadanos que provienen de naciones vecinas que recorren la región. Esto lo indica el estudio ‘Migración Internacional’ de la Organización de Estados Americanos (OEA), del 2015. Ecuador es parte de esa realidad, explica Jacques Ramírez, catedrático sobre temas de movilidad humana.
Para él, la cantidad de matrimonios binacionales es baja frente a los cerca de 400 000 inmigrantes que oficialmente viven en el país. La mayoría es de Sudamérica, de Colombia, Perú y últimamente de Venezuela. Eso significa que los matrimonios no necesariamente son usados por foráneos como mecanismo para regularizar su estado migratorio, como pasó antes. Es decir, sí hay parejas que se unen “por amor”.
¿Cuál es el trámite para que un ecuatoriano y un foráneo se casen? Ellos únicamente deben recurrir a las oficinas principales del Registro Civil de Quito, Guayaquil y Cuenca. La persona de otra nación debe presentar el pasaporte con visado vigente, la tarjeta andina o credencial de refugiado.
Los residentes pueden hacerlo con la cédula en cualquier agencia de esa entidad. En el caso de los matrimonios de ecuatorianos y foráneos que se realizan en el exterior, se aplica el artículo 91 del Código Civil.
De esta forma, la española Cristina García y su esposo ecuatoriano Alejandro Calderón, de 30 y 29 años, unieron sus vidas en la iglesia del Tibidabo de Barcelona, el 12 de julio del 2015. Fueron novios por 11 años y estudiaron en la universidad de esa ciudad.
Optaron por vivir en Quito porque la crisis económica se agudizó en España y él no conseguía un empleo relacionado a su área, las ciencias políticas. Tras radicarse en la capital, ella consiguió trabajo en un centro de educación como parvularia. Él es catedrático en una universidad privada.
Hace tres meses nació su primer hijo, Teo. Para cuidarlo, ambos se organizan en las madrugadas. Ella se despierta a las 03:00 y él a las 05:00 para prepararle los biberones.
¿La xenofobia representa un problema en la conformación de estas parejas? Para Ramírez, en Ecuador sí existe un grado de rechazo para un grupo determinado de inmigrantes, pero otro es aceptado. Se trata de la construcción de un modelo ideal blanco-mestizo. “Quienes ingresan en ese grupo son migrantes deseados.
Son europeos o norteamericanos”. Pero se complica para los latinoamericanos. Pese a ello, la conformación de matrimonios de ecuatorianos y latinos -dice- demuestra que se respeta la diversidad como una forma de reconocerse en la diferencia.
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| La española Cristina García y Alejandro Calderón alimentan a su hijo, Teo, de 3 meses. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO |
sábado, 28 de octubre de 2017
El séptimo Rafael, un libro de rigor periodístico
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| El libro 'El séptimo Rafael' fue estrenado en el 2017. |
Por Diego Bravo C.
Para mí, desde la página 13 hasta la 201, el libro 'El séptimo Rafael' es apasionante. Cuenta la historia del expresidente Correa desde sus orígenes. Cuando nacieron sus abuelos, cómo se conocieron sus padres, su formación académica. Su paso por la academia y el Ministerio de Economía en el 2005. Cómo preparó la campaña política que lo llevó a la Presidencia en el 2006...
El texto, de 259 páginas, fue escrito por las periodistas Mónica Almeida y Ana Karina López. Destaco su rigor y el trabajo de campo que realizaron. En la reportería, ellas dialogaron con los vecinos, los amigos, los compañeros de la universidad, la gente del colegio, sus familiares. Llegaron a los lugares donde vivió su niñez y adolescencia.
Esos son rasgos claves del buen periodismo que se plasman en esta obra. Se suman otros elementos importantes como la crónica, la entrevista a 120 personas y un buen enfoque político. Por eso creo que los estudiantes de comunicación de las universidades deberían revisarlo para aprender cómo se realiza una buena investigación.
Y es que hasta muestra fotografías históricas del Primer Mandatario: cuando era niño, de su época de presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica de Guayaquil, de sus padres y hermanos.
Hay otros detalles históricos relevantes como el árbol genealógico del expresidente. Las autoras se dieron el trabajo de buscar en los archivos del Registro Civil y ordenar minuciosamente la información. Hasta se cuenta historia de la hacienda El Palmar, en Los Ríos, cuyo propietario era el abuelo y cómo la perdió.
Lo único que no me gustó del texto es el último capítulo denominado El Jefe que cuenta su paso por la Presidencia de la República desde el 2007 hasta este año. Es un resumen que cuenta los diferentes hechos que se registraron durante su gestión.
Más allá de esto, es un libro que recomiendo al 100%.
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