domingo, 2 de marzo de 2025

Antiguos institutores de Quito

 

Por Bolívar Bravo Arauz para la Sección del Recuerdo de El Comercio

Antes de la fundación de los normales había los renombrados institutores para quienes va esta nota en la página de recuerdos. Estos maestros son: Daniel Enrique Proaño, las señoritas Toledo, Obdulia Quevedo, Los señores Pablo J. Gutiérrez, Ricardo Rodríguez, Roberto Cruz.

Daniel Enrique Proaño 

Nació en 1850. Una escuela fiscal de Quito lleva su nombre. Estudio en un instituto Cartográfico de la Escuela Politécnica fundada Por García Moreno. Fue director del antiguo instituto de Pedagogía. En 1880, en el barrio de La Ronda funda el colegio de Santa Infancia. En este colegio, fundado por ese insigne pedagogo había desayuno escolar, la gota de leche, enseñanza ejemplar y gimnasia. Funcionó durante 50 años. Escribió varios libros como Compendio de Gramática, la educación popular, cinco tomos en la Revista Pedagógica, folletos en prosa y en verso.

El general Alfaro mandó a imprimir 1 500 folletos de Educación Popular para que sean distribuidos gratuitamente. Fue también notable en esta época don Roberto Cruz autor de numerosos libros. Lleva su nombre la escuela de la parroquia de la Magdalena.

Proaño fue director de Estudios de Pichincha, miembro del Consejo Escolar y vocal del consejo de Instrucción Pública.

Su vestido era característico. Leva, bastón, trajes elegantes. Era de pequeña estatura, de tez morena y era muy respetado por la ciudadanía y los altos funcionarios del Gobierno. Vivió por muchos años en el barrio de la Tola.

Escuela de la Toledo

¿Quién no ha escuchado hablar del famoso jardín del Instituto de las Señoritas Toledo? 

Funcionó en la Casa de la Inquisición (calle Bolívar y Venezuela), derrocada por afán de modernización de la urbe colonial. Luego pasó a la calle Rocafuerte, bajos del convento de Santo Domingo.

La fundadora, Lucinda Toledo (un jardín de infantes lleva su nombre), nació en Quito, en 1863. Fue hija de Antonio Toledo y Nicanora Paredes. Se educó en la escuelas de los Sagrados Corazones y San Carlos. A los 15 años comenzó la carrera del magisterio, en Ambato. Luego vino a Quito a prestar sus servicios en la escuela de los Sagrados Corazones. Pronto fundó la escuela de San Luis Gonzaga para los varones y Santa Rosa de Lima para las niñas. 

Le ayudan en esta labor María Eduviges y Teresa. Cobraban como pensión veinte centavos por mes.

Pasaron los años, las generaciones agradecidas acuerdan rendir homenaje a su dilecta profesora, Lucinda Toledo. Se funda el comité formado por los caballeros: Gustavo Bueno, Carlos Mantilla Ortega, Miguel Dousdebés, doctor Julio Vásconez, Benjamín Chiriboga, Gerardo Enríquez.

En el gobierno del doctor Carlos Arroyo del Río, siendo ministro de Educación el doctor Abelardo Montalvo, en 1943, se le concede la condecoración al mérito. Para la entrega de la presea aurea se efectuó la sesión solemne en el Teatro Nacional Sucre. Se habían consagrado sus ex-alumnos que demostraron su gratitud para tan insigne educadora. Entre estos merecen citarse el padre Julio Armijos S., Augusto Arias, doctor Julio Vásconez Delgado, ingeniero Alfonso Calderón, ex-ministro de Previsión y Trabajo y de Defensa Nacional, Alfonso Pérez Pallares, ex-alcalde de Quito, doctor José Ricardo Chiriboga Villagómez, también ex-alcalde, doctor Víctor Hugo Vayas, ex-controlador de la Nación, etc.

La señorita Toledo vivió en sus últimos años rodeada de sus sobrinas Nicanora, Rosa María, Ana Lucía y Rosario Zurita. La casa de la señorita Toledo se halla ubicada frente a la capilla de señor de los milagros, en el tradicional barrio de la Loma. Se conserva con religiosidad un ábaco en el que aprendían los niños a calcular.

Pablo J. Gutiérrez 

Otro notable educador fue Don Pablo Julián Gutiérrez. Fue profesor del colegio Mejía y de varios otros planteles. Es autor de la Aritmética de Bolsillo y Aritmética comercial, valiosos textos de enseñanza.

La escuela Pablo J. Gutiérrez fue fundada hace 44 años y funcionaba en la ciudadela América. La escuela tiene su prestigio y han ocupado la dirección los profesores Jorge Regalado, Rosendo Mediavilla, Héctor Zurita Pico y el actual, licenciado Rubén Lárraga, quien se halla 20 años frente al plantel.

Hay que anotar que esta escuela no tenía un local donde funcionar. Para solucionar este grave problema, el Ministerio de Educación acaba de adquirir una amplia y hermosa quinta en la avenida Universitaria, en la suma de 7'646 912 sucres, a los herederos de Cristóbal Bonifaz.

Benefactora de la educación 

Merece especial mención Isabel Palacios. Tenía afán por la educación popular, de los niños quiteños de hogares humildes. Donó la casa y el terreno en donde se construyó el local para la escuela Hermano Miguel de la parroquia de San Blas. En este lugar, calle Guayaquil, se construyo un edificio moderno donde funciona el Ministerio de Agricultura y Ganadería.

Se cuenta que un día que salía de su casa situada en la antigua calle Bolivia, hoy Espejo, en el lugar en el que existe el Teatro Bolívar vio que un alguacil cuyo nombre era Jorge Yépez pero que se le conocía con el apodo o mote de Ángel Dormido, llevaba preso a un acaudalado industrial, Juan Pío Aguirre, que tenía una gran fábrica en Latacunga, pero que había sido arrasado por un aluvión y su fortuna había sufrido fuerte quebrando. Le dice al alguacil: suelte al caballero y venga a mi casa que yo cubriré su deuda porque el es un hombre honrado, pero en desgracia. Y así lo hizo. Isabel Palacios hacía muchas donaciones y ayudas.

Camilo Salas Valderrama 

Otro recordado maestro es Camilo Salas Valderrama. Educador quiteño fue nombrado director de la escuela Central de varones la que se denomino después Simón Bolívar N.1, la primera escuela fiscal laica establecida por el general Eloy Alfaro, luego de la transformación liberal del 5 de junio de 1895. Durante la administración del general Leonidas Plaza, Camilo Salas fue consejero escolar en la compañía  de Federico Santur, maestro quiteño que prestó sus servicios docentes por algunos años, en Centro América.

El Consejo Escolar, durante la administración de los ministros Luis Napoleón Dillon y Manuel María Sánchez, se preocupó por la implantación de la escuela laica gratuita y obligatoria de acuerdo con las normas constitucionales, la elaboración de planes y programas de estudio, dotación de mobiliario escolar, material didáctico y métodos de enseñanza hasta entonces desconocidos en el País. Otro ministro que se preocupó por el mejoramiento de la educación fue el doctor Alfredo Monge, hermano de don Celiano Monge, secretario particular del general Alfaro.

Fotografía: Archivo de la familia Bravo Arauz.






domingo, 23 de febrero de 2025

Recuerdos de una brillante generación

 



Por Bolívar Bravo Arauz para la Sección del Recuerdo de El Comercio

Mi apreciado colega Rodrigo Villacís Molina ha escrito una crónica sobre don Nelson Aníbal Núñez, sabio, hombre erudito en ciencias económicas, políglota, vidente. Como tengo más años y lo he conocido personalmente, voy a referirme a su valiosa labor y a su situación en el olvido. 

Hace más de medio siglo, se publicó en esta bella capital, una simpática revista “La Cruz”, semanario de un grupo de universitarios que integraban la Asociación católica de la Juventud Ecuatoriana.  Era antes del 9 de julio de 1925 y tenía nobles ideales. Recuerdo algunos de sus nombres: Nelson Aníbal Núñez a la cabeza, Luis Cornelio Díaz, Luis Afonso Ortiz Bilbao, Jorge Salvador Donoso, Rafael Villalba, Carlos Dousdebés, José Luis González y otros igualmente notables. Apunta que luego tuvieron otras publicaciones: La Defensa y El Campo. Pronto empezaron a desarrollar en diferentes actividades brillaron por su talento.

Nelson Aníbal Núñez, muy joven, y tal vez el mayor de todos, fundó la compañía Ambas Américas. Era, como bien dice Villacís Molina, un hombre que se había enamorado excesivamente de los libros y de los estudios. Aprendía varios idiomas y que luego los dominó. Pero su verdadera inclinación era por los estudios económicos, como Luis Napoleón Dillon, el gran creador y gran revolucionario, luchador indeclinable contra la dominación bancaria. Dominaba idiomas, como Gustavo Salgado el recordado catedrático universitario y valioso jurista, como Francisco Darquea (padre) hombre de trato exquisito y de talento.

Pasaron los años y en la administración de Dr. José M. Velasco y siendo ministro del Tesoro, actualmente Finanzas y anteriormente de Hacienda, los doctores Mariano Suárez Veintimilla y Enrique Arízaga Toral, fue Director técnico don Nelson Aníbal. Por entonces se publicaba el Boletín del Ministerio y allí se hallan los trabajos sobre ciencia hacendaria, tributación, como lo conoce el entonces subsecretario y pulcro funcionario Lcdo. José M. Avilés Mosquera que desempeñaba la Subsecretaría del Portafolio.

Llegó al poder Carlos Julio Arosemena Tola, quien nombró como ministros a los doctores Juan Tanga Marengo, Alfredo Pérez Guerrero, Teodoro Alvarado Olea, Raúl Clemente Huerta, para las carteras de Gobierno, Previsión Social, Economía y Tesoro, respectivamente. Para la cartera de Educación designó al doctor José Miguel García Moreno, quien ocupaba el rectorado de la Universidad de Guayaquil.

Núñez Valdéz presentó la renuncia ante el doctor Huerta y fue aceptada. Entiendo que no volvió a ocupar funciones públicas.  Sus colaboraciones y pronósticos sobre fenómenos sísmicos, crisis económicas, sociales, aparecían en el Debate, en la Revista Mercedaria y otras.

Es natural que se perdía a un honesto funcionario y a un hombre de gran valía. Son cosas de la política.

Posteriormente fue atacado por  el mal de Parkinson. Luego vino su miseria. Este terrible mal que ha atacado a hombres geniales.

Esto nos hace recordar la parálisis que le vino al Canónigo Luis R. Escalante, llamado el “Pico de Oro”

Quiteño, nacido en 1867. Fue párroco de El Belén, Santa Bárbara, San Sebastián y finalmente la Parroquia El Salvador. Fue nombrado Canónigo Honorario por el Arzobispo Manuel María Pólit Lasso.

Es digno de recordarse cuando ocupó la tribuna sagrada en la conmemoración del Centenario de la muerte del el Mariscal Sucre en la Catedral Metropolitana. Fue socio de la Bolivariana del Ecuador.

En su enfermedad, trombosis, le produjo una hemiplegia, parálisis del medio cuerpo y perdió también el habla.  Fue atendido por su sobrino el Dr. Juan Francisco Orellana.  Después de  seis años de enfermedad, murió en 1940 en la más espantosa miseria

En una carta que escribió sirviéndose de un diccionario y señalando palabra por palabra, expresó: “Sufro lo que no es decible. Triste, solo y pobre, pobre, porque en el ejercicio de mi ministerio sacerdotal nunca busqué granjerías. Dios quiso castigarme, dejando con mi vida mi corazón y son luz mi pensamiento. De ese cortejo inmenso que llenaban mi cuarto en los días que pasaron, no me ha quedado en la desgracia un solo amigo. Solo he pedido en mi horrible desgracia que Dios me lleve pronto”.

El canónigo Escalante, quiteño, fue teólogo, filósofo, orador, literato, lingüista y políglota, pues hablaba varios idiomas. En sus brazos, murió el Arzobispo Pólit Lasso, a la salida de una sesión de la Junta Consultiva de Relaciones Exteriores y también a consecuencia de un ataque.

Para terminar, solo se debe recordar que Nelson Aníbal Núñez yace hoy en el Hogar de Nuestra Señora de Lourdes para enfermos incurables que solo esperan la visita de la fiera Parca, hogar que se mantiene por la filantropía y el noble corazón de damas a cuya cabeza está la señorita Rosario Barahona E. Que contraste con aquellos que comercian con el hombre y el dolor de sus semejantes y de otros que aprovechan de los problemas, catástrofes y conflictos del país, para su beneficio personal y que se merecen sanción ejemplar.

Crédito de la foto: archivo familiar. 


domingo, 16 de febrero de 2025

Salas capitulares de Quito


Por Bolívar Bravo Arauz para El Comercio. Sección del Recuerdo

Quito posee dos Salas Capitulares en San Agustín que tiene una justa celebridad lugar en la historia pues allí se reunieron en 1809 los patriotas que en América fueron los primeros en construir una Junta Suprema y Soberana de Quito, que declaró la independencia . Es una reliquia que evoca la presencia de ilustres . De altas y macizas paredes, tiene a su cabecera un altar tallado y dorado maravillosamente del XVII, a cuyos lados hay hileras de asientos en gradería primorosamente tallados. 

Al fondo la misma mesa que sirvió para la Secretaría de Junta Suprema y la tribuna que sirvió para pronunciar las proclamas y decretos de nuestros próceres. Todo inspira respeto y recordación. El artesano colonial con sus arabescos. Allí hallamos cuadros del pintor quiteño Miguel de Santiago y cubre el piso una rica alfombra de aquellas fabricadas en los obrajes con arte y gracia. Esta sala fue restaurada en 1922, año del centenario de la Batalla de Pichincha, a cargo del artista Luis F. Veloz, pues los años le habían causado destrucción, asimismo los años en que el convento sirvió de cuartel. 

La otra sala capitular se halla en Casa de Casillas, Casa de los Canónigos o más bien de los Obispos de Quito, situada en la calle Venezuela 715. Encierra los retratos al óleo de todos los obispos de Quito desde 1545 a 1969, un total de 35 cuadros.

En orden cronológico son los siguientes: 

I.- El primer obispo García Días vino de España con Pedro de la Gasca, Pacificador. Asumió su cargo en 1545 y murió en en 1562.

II.- Fray Pedro de la Peña, dominico. Llegó al obispado en 1563. Fundó el Convento de la Inmaculada Concepción, murió en Lima en 1583.

III.- Fray Antonio de San Miguel Solier. Franciscano. Nombrado obispo, no se posesionó, falleciendo en Riobamba en 1590.

IV.- Fray López de Solís. Agustino. Obispo desde 1594 a 1606. Fundó el Colegio Seminario de Lima.

V.-  Fray Salvador de Rivera, nació en Lima. Obispo de Quito a la que llegó en 1605. Murió en Lima en 1612.

VI.- Fernando Arias Ugarte. Obispo de Quito, 1613, promovido luego a obispo de Santa Fé, Charcas y Lima. Falleció en 1638.

VII.- I. Alfonso de Santillana, dominico. Nació en Sevilla. Electo obispo en 1622, murió en octubre 1623.

VIII.- Fray Francisco de Sotomayor, franciscano. Llegó a Quito en enero de 1625. Falleció en Potosí en febrero de1630.

IX.- Fray Pedro de Oviedo. Monje Bernarco nació en Madrid. Obispo de Quito en 1629 y luego Arzobispo de Charcas, Murió en Potosí.

X.- Dr. Agustín de Ugarte Saravia. Inquisidor. Obispo de Quito desde 1646. Fundó el Monasterio del Carmen Bajo. Fue enterrado allí.

XI.- Sr. Alonso Peña Montero. Obispo desde 1652. Presidente de la Real Audiencia de Quito desde 1674.

XII.- Dr. Sancho Andrade Figueroa. Obispo desde 1688. Más tarde Virrey del Perú y Arzobispo de Santa Fe de Bogotá en 1702.

XIII.- Diego Ladrón de Guevara. Obispo de Quito, desde 1705 y virrey del Perú desde 1710. Murió en México en 1718,  cuando iba a España.

XIV. Luis Francisco Romero. Obispo de Santiago de Chile y luego de Quito en 1718, falleció en Charcas en 1729.

XV.-Fray Juan Gómez de la Cueva y Frías. Dirigió la Diócesis en octubre de 1726 al 21 de agosto de 1729 en que murió.

XVI.- Andrés Paredes de Polanco y Armendáriz. Nació en Lima, bispo de Quito de diciembre de 1734 a

..tuvo de obispo de 1791, a 1792,  renunció.

XXI.- Fray José María de la Madrid. Franciscano. Primer obispo natural de Quito, gobernó de 1772 1793. Falleció en alta mar.

XXII.- Miguel Álvaro Cortés, obispo de Quito 1796 a 1799.

XXIII.- Dr. José Cuero y Caicedo, natural de Cali, obispo de Quito, de 1800 a 1815. Prócer de nuestra independencia.

XXIV.- Dr. Leonardo Santander y Villavicencio. Obispo de Quito, de 1817 a 1822. Volvió a España en 1822.

XXV.- Dr. Rafael Lasso de la Vega, obispo de 1828 a 1833.

XXVI.- Nicolás Joaquín de Arteta y Calisto. Quiteño, obispo de 1833 a 1849. Consagró la Iglesia Catedral de Quito. En 1848 creó el Arzobispado de Quito y fue el primero como tal.

XXVII.- Francisco Javier. Arzobispo de 1851 a 1861

XXVIII.- Dr. José María Riofrío, lojano. Arzobispo en 1867. Murió en 1877.

XXIX.- Fray José María de Jesús Yerovi. Nació en Quito en 1819 y fue arzobispo entre 1867 y 1868 en que murió.

XXX.- Dr. José Ignacio Checa y Barba, quiteño. Arzobispo de 1868 a 1877, en que murió envenenado en viernes santo.

xxxi.-Dr. José Ignacio Ordoñez nació en Cuenca. Obispo de Riobamba en 1866 y arzobispo de 1882 a 1893.

XXXII.- Dr. Pedro González Calisto. Quiteño. Estudió en Roma. Arzobispo de 1893 a 1904, año en que murió.

XXXIII.- Dr. Federico González Suárez, quiteño, arzobispo desde 1906 hasta el primero de diciembre de 1917, año en que murió. Es el historiador máximo de Ecuador.

XXXIV.- I. Dr. Manuel María Polit Lasso. Nació en Quito en 1862, luego de ser obispo de Cuenca, ascendiendo al arzobispado de Quito en 1919 y falleció en 1933.

XXXV.- Su eminencia Carlos María de La Torre Nieto. Quiteño. Arzobispo desde 1933 a 1953, año en que se convirtió en el primer cardenal del Ecuador. Renunció por su edad en 1967. 

Sucedió al Cardenal de la Torre Mons. Pablo Muñoz Vega, nacido en Mira, provincia del Carchi en 1903. Profesor del Colegio Latinoamericano de Roma. 

Fotografía: El Comercio. 

lunes, 10 de febrero de 2025

Importantes sucesos en los albores del siglo XX


Por Bolívar Bravo Arauz para El Comercio

Al comenzar el siglo XX se registraron dos importantes acontecimientos: el hallazgo de los restos del Mariscal Antonio José de Sucre y la concurrencia del Ecuador a la feria Internacional de París, donde obtuvo importantes premios.

El Mariscal Antonio José de Sucre, a esta ciudad donde había formado su hogar, luego de asistir al congreso llamado “el Congreso admirable” y luego de expedir una carta fundamental, terminó sus labores. Este constituyente se reunió en Bogotá en 1830 y respaldado por Sucre. En esta Carta Política se seguía respaldando teóricamente la unidad colombiana. Posteriormente vino la separación. Las fuerzas gran colombianas derrotaron a las del Perú en la Batalla del Tarqui del 27 de febrero de 1827; los estrategas que organizaron fueron el Mariscal Sucre y Juan José Flores.
Cuando regresaba el Mariscal Sucre a esta ciudad, traidoramente fue asesinado en las selvas de Berruecos el 4 de junio de 1830. Había en el siniestro un tremendo detalle: los cinco asesinos, dos comandantes, un capitán y dos soldados. Fue en medio de odio político y ambiciones.
Habían transcurrido setenta años del crimen cuando ocurrió el hallazgo de los restos de Sucre. El 24 de abril de 1900 concurrieron para hacerse cargo de los restos y para luego hacer su identificación científica, el presidente general Eloy Alfaro, el vicepresidente Dr. Carlos Freile Zaldumbide, el vicepresidente alterno Dr. Abelardo Moncayo, el ministro del interior Rafael Gómez de la Torre, el ministro de hacienda Tomás Gallardo, el encargado de negocios de Francia Hipólito Franco, el Cónsul de Venezuela Manuel Jijón Larrea, el intendente de Policía de Pichincha Daniel Rodríguez, el delegado del Concejo Municipal de Quito Daniel Burbano de Lara, el Rector de la Universidad, Central Ignacio Gándara; los profesores de la Facultad de Medicina, Dr. Lino Cárdenas, Decano, Rafael Rodríguez, Manuel María Casares, Manuel María Almeida, Guillermo Ordóñez, Juan Antonio López y Luis Leoro.
Los restos se hallaban en una caja cuadrangular, deteriorada por el paso del tiempo. Fuera del cajón se encontró un vestido negro de mujer, fragmentos de bala y tablas. Se sacaron las piezas del esqueleto y los siguientes: una bata de niño, una camisa de niño, la parte delantera de otro vestido de niño y los que se encontraron también los siguientes: un cráneo con partes de huesos de la cara y cuya región temporal llamó la atención de los circundantes y de manera inmediata por perforación que en ella se descubrió, un maxilar inferior un puño y esternón, dos clavículas 19 vértebras, muchos fragmentos de costilla, una del sacro, dos fragmentos de omóplatos, dos húmeros, dos radios, dos cúbitos, algún hueso de las manos, dos huesos ilíacos destruidas, dos fémures, dos peronés, una rótula, dos calcáneos, algunos más de los pies.
Todas las piezas y vestidos, el cajón y la tierra fueron entregados al intendente de Policía para su custodia.
Al día siguiente, convocados a sesión extraordinaria en la Facultad de Ciencias Médicas, a la una de la tarde se hallaban presentes el Decano de la Facultad doctor Lino Cárdenas y los doctores Asencio Gándara, Rafael Rodríguez Maldonado, Manuel María Casares, Guillermo Ordóñez, Ricardo Ortiz Luis Felipe Leoro, Joaquín Ontaneda, Aparicio Batallas y Daniel Burbano de Lara, secretario de la Facultad, además los ministros de Estado y más autoridades.
Se procedió con las formalidades legales a abrir la caja y a estudiar detenidamente las partes óseas. Se llegó a las siguientes conclusiones: “todos los huesos pertenecen a un solo individuo del sexo masculino. Por el examen de las suturas craneales, la configuración de los huesos, la soldadura de las piezas del esternón y caracteres del maxilar inferior, el esqueleto pertenece a una persona de una estatura de un metro sesenta y ocho, a un metro setenta. Se cree que perteneció a un individuo de 35 a 40 años de edad".
Por los caracteres de la lesión en la región temporal derecha, esta debió ser producida por un proyectil esférico de arma de fuego que perforó el cráneo en la dirección de una tangente que, una vez destruidas las partes blandas, dio lugar a la perforación indicada.
Por los cabellos encontrados por su longitud diferente, pertenecen, a dos personas distintas y esto se corrobora por las prendas de vestir de niños encontrados.
La perfecta conformidad que guardan las lesiones del cráneo, con desgarraduras que se encuentran en el sombrero que llevaba la víctima el día del horroroso crimen y la particularidad de la configuración de la cabeza, y la particularidad de la configuración de la cabeza particularidades que resulta mejor comparadas con el perfil trazado en los retratos auténticos del Gran Mariscal.
Las lesiones encontradas en el antebrazo derecho que bien pudieron ser consecuencia del atentado cometido en Chuquisaca, Bolivia, cuando ejercía la presidencia de dicha nación, el 18 de abril de 1828, con lo cual la Facultad de Medicina de la Universidad Central cree que está comprobada la identidad de los restos del Mariscal de Ayacucho que se hallaban secretamente guardadas en el Carmen Moderno. Firmado en el acta respectiva.
El gobierno designó una comisión para rendir un gran homenaje el 24 de mayo y el 4 de junio de dicho año, comisión que se hallaba integrada en la siguiente forma: Por el Concejo Municipal de Quito, D. Daniel Burbano de Lara y Dr. Luis Eduardo Bueno. Por el ejecutivo Dr. Manuel Benigno Cueva, presidente de la cámara del senado, Dr. Carlos R. Tobar, comandante Delfín b. Treviño, Quintiliano Sánchez, Manuel Jijón Larrea, Jenaro Larrea y Julio Andrade. A esta comisión encargada en formular el programa de los actos se agregó posteriormente los señores Juan Murillo, Carlos Monteverde, José Fernández Madrid, Luis Napoleón Dillon, Dr. Alejandro Melo, Julio Jácome Ortega, Dr. Francisco Andrade Marín, Dr. Maximiliano Ontaneda, Juan Ignacio Pareja, Juan José Narváez y Manuel Jijón Ascázubi y Miguel Ángel Albornoz.
De esta conmemoración, se ha guardado el recuerdo de las honras fúnebres, efectuadas con gran solemnidad en la Catedral Metropolitana, en la que se pronunció una oración fúnebre el Monseñor Federico González Suárez.
Esta elocuente oración fúnebre se ha insertado en el tomo de oradores publicado por la colección Ariel, además en varias publicaciones, el Boletín Eclesiástico.
El descubrimiento de los restos del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, se debe al afamado médico Dr. Alejandro San Miguel Melo Montúfar. Es el caso que como facultativo atendió siempre a la señora Rosario Rivadeneira, la que perteneció a la servidumbre de la marquesa de Solanda, esposa del Gran Mariscal. Por esta circunstancia, muy feliz, por cierto, conoció que los restos del Mariscal se conservaban ocultos bajo el altar mayor del Carmen Bajo. Con gran interés y fervor patriótico se dedicó a establecer la verdad y la autenticidad de este secreto y de los restos, según nos ha manifestado el Dr. José Montero Carrión, autor de una importante obra, los Maestros del Ayer y Hoy en Medicina Ecuatoriana.

Crédito de la foto: INPC

 

lunes, 3 de febrero de 2025

Los músicos ciegos de Quito

Por Bolívar Bravo Arauz, excronista de El Comercio para la Sección del Recuerdo 

Se tiene una profunda admiración y simpatía para los artistas ciegos, a los no videntes que han cultivado el arte musical con verdadera maestría, con sentimientos de tristeza que es una clara revelación de su penosa existencia.

Entre los músicos ciegos hay que recordar, entre otros, a los siguientes: Alfonso Correa. fundador de la Sociedad de Ciegos Braille, Humberto de Rosa, Ángel Velásquez, Jorge Puente Humberto Acosta, Guillermo Viteri, Juan Borja y al ciego Basilio.

Comencemos por el ciego Basilio. Era de alta estatura: de cara redonda, le decían al sipo, por cuanto en su niñez había sido atacado de viruela, lo que le ocasionó la pérdida de la vista. Enseñaba a tocar la guitarra y el arpa Además, tocaba la flauta. Tocaba en actos religiosos, en fiestas y diversiones, poniendo la nota de alegría y regocijo. Era muy buscado.

Ángel Velásquez tocaba el arpa con primor. Ejecutaba música antigua y gozaba del aprecio popular. Se cuenta que era propietario de una casa en la Esquina de las Almas, entre las calles Rocafuerte e Imbabura, barrio San Roque.

Alfonso Correa, muy conocido y apreciado en Quito. Hombre culto, sabía leer y escribir por el método de braille en relieve. Tenía varios libros en esta escritura y difundía sus conocimientos, por lo cual fundó la sociedad del mismo nombre. A pesar de su falta de vista, hacía pruebas y deleitaba en las casas de sus relaciones sociales. Tenía un oído finísimo y jamás se confundía con las personas a quienes conocía por su voz y por sus pasos. Fue alumno del Conservatorio de Música y aprendió a tocar el violín con el renombrado artista y escritor Enrique Terán, hijo del general Emilio María Terán. Correa fue artista de la radio e iba acompañado de su hermana Imelda.

Humberto de la Rosa, excelente artista, tocaba música nacional y extranjera. Andaba guiado por su madre, para transitar por las calles de Quito. Actuó por algunas ocasiones en Radio Tarqui.

Jorge Puente. Otro cieguito que se crió en el orfelinato cuando funcionaba en el hospicio. Cansado de pedir limosna, entró al Conservatorio de Música con el profesor Luis Adrián, llegando a dominar el piano. Adrián era maestro de capilla de San Roque y el Carmen Alto. A su muerte ocupó la vacante Jorge Puente. Se hacía leer buenos libros y tocaba el piano en casas de recreo.

Humberto Acosta vivía la quinta El Placer de la familia Álvarez Gangotena, que fue adquirida por el General Leonidas Plaza Gutiérrez, en su segunda administración presidencial para luego destinarlo al Instituto Normal Juan Montalvo.

En la esquina estaba la casa del Argomacín, un italiano que vendía trastos de porcelana. Además, en la misma calle Quiroga, en la parte alta vivía el pintor quiteño Joaquín Pinto. Al final de la calle Chile, vivía la familia Acosta Núñez: el último de los hijos de esta familia era el cieguito Humberto Acosta que tocaba guitarra, piano y violín.

Guillermo Viteri. Quedo ciego al estallar un tarro de pólvora que iba a soldar, fatal suceso que conmovió al vecindario. Tocaba el piano y andaba con un bastón blanco y un pito para pedir a los policías o transeúntes que le hagan pasar. Por su falta de vista era colérico y de mal humor.

Juan Borja. Hay un refrán que dice: Dios da la llaga y da la medicina. Juan Boria quiso iniciarse en el divino arte, el arte de los dioses, en el arte de Orfeo, pero no le fue posible. Ensayó entonces la declamación bajo la dirección de Abelardo Reboredo, en el Conservatorio de Música. Ayudado por una gran memoria, aprendió muchas y selectas poesías. Recitó hermosas poesías con verdadero arte en las radios.

Jamás pidió limosna. Solía pararse en el antiguo Pasaje Royal con las manos sobre el pecho y luego en la iglesia de La Concepción. El corazón de la gente quiteña que no es impávido ante el dolor ajeno le prestaba ayuda económica. Borja entró al Colegio Central Técnico y allí aprendió a tejer en mimbre para ayudarse en la lucha por la vida.

Foto: Imagen referencial de la esquina de las calles Guayaquil y Bolívar, frente a la Plaza de Santo Domingo. 

Crédito de la fotografía: INPC.

domingo, 26 de enero de 2025

Grandes figuras médicas de Quito

 

Grandes figuras médicas

La ciencia médica adquiere su progreso y avance a partir de la iniciación de la República. Comenzó con el doctor Juan Manuel de la Gala. Los enfermos eran atendidos por empíricos. Pero a partir de 1861, se organizaron las facultades en la Universidad Central, entre ellas la de Medicina. En los años siguientes, se encuentran médicos eminentes que salvan la vida de muchos enfermos y alivian el dolor. Los médicos que ejercían su profesión eran pocos, nos dijo el doctor José Montero Carrión, autor de valiosas obras sobre los valores de la medicina ecuatoriana.  

En la colonia aparece la figura del doctor Francisco Eugenio de Santacruz y Espejo, gran higienista y verdadero valor de la ciencia médica, según lo apunta Enrique Garcés, uno de sus biógrafos.

Entre los notables médicos podemos citar a José Manuel Espinosa, fue el primero que llegó al rectorado de la Universidad Central en 1845. En 1860 ascendió al rectorado por cuarta vez. Por sus conocimientos fue designado cirujano mayor del Ejército, cirujano de Hospital Militar de Quito, director general de estudios, presidente de la Junta de Sanidad de Quito. Luego encontramos a Juan Acevedo, cirujano del Hospital de la Ciudad. Nació en Quito, el año 1818. Fue un gran médico y cirujano, destacándose en Quito, en donde no había más de una docena de médicos. Se distinguió en los estudios de Anatomía y Cirugía. Y se consagró con especial empeño. Murió luego de hacer muchos bienes, a temprana edad, en sus floridos años.

Otra venerada figura en la ciencia médica fue Miguel Egas Cabezas, quien obtuvo su título de doctor en Medicina, en octubre de 1846, ante un tribunal compuesto por el Rector Dr. José María Espinosa y los miembros doctores Miguel Vergara, Joaquín T. Torres, Antonio Sáenz. Manuel Villavicencio obtuvo por oposición la cátedra de Medicina Legal y fue el segundo Rector Médico de la Universidad Central. En el año de 1879, Ignacio de Veintimilla lo desterró a Colombia. 

En 1863 fue ministro del Tribunal de cuentas. Es el creador de la Literatura Médica. Fue miembro de la Comisión Médica cuyo trabajo fue de abnegación en el terrible terremoto de Ibarra en 1868. Fue un sabio profesor de la Escuela Politécnica. Luego tenemos que mencionar al Dr. Rafael Barahona. Nació en Quito. Fue cirujano mayor del Escuadrón Lanceros del Norte. Fue Rector y Vicerrector de Universidad Central, Director de Estudios de Pichincha y por dos ocasiones diputado.

Otro médico eminente de 1829. En 1873 fue nombrado Profesor de la Facultad de Medicina en las cátedras de Materia Médica, Terapéutica y Clínica, cuando la Facultad apenas contaba con 4 profesores: Dr. Rafael Barahona, Antonio Sáenz, Miguel Egas y Ascencio Gándara. Fue rector de la Universidad Central hasta 1883, en que renunció por causas políticas, pues no podía permitir que se hollaran sus dinteles de la Casa de Estudios, atentando contra el pensamiento libre, el saber y la cultura. 

En 1897, la Junta General de Profesores, como justo reconocimiento a sus méritos, le designó Rector y uno de sus primeros afanes fue continuar la publicación de los anales que se habrán suspendido. En 1901, fue elegido Decano de la Facultad de Medicina, sirviendo en esta dignidad con gran eficiencia. Fue un admirador de la Escuela Inglesa e introdujo los trabajos de Parquinson, Lister,  Adison,  Adams, Bright, Hodkin.

Más tarde, predominaron las doctrinas de la escuela francesa en Medicina, con el grupo de médicos como Gallegos Anda, Luis G. Dávila, Villavicencio Ponce, Salgado, Vivanco. Isidro Ayora fue un  entusiasta de la Escuela Alemana en Obstetricia y Ginecología.

Otros médicos que merecen recordación, según apunta el Dr. Montero Carrión son Rafael Arjona Silva, Manuel Villavicencio y Montúfar. Felicísimo López, luchador valiente, denodado por las ideas liberales, expulsado del Congreso por el fanatismo de la época. Nació en Quito el 6 de agosto de 1884. Fue escritor y periodista en el Tiempo de Guayaquil y el Diario de Avisos. Escribió varias obras pudiendo citarse, entre ellas, Teocracia con Democracia, Virutas Almanaque del Pensamiento, Sincero e Higiene en Medicina. En 1901 compró en París el primer aparato de Rayos X del Hospital San Juan de Dios.

Por Bolívar Bravo Arauz para la Sección del Recuerdo de El Comercio

Crédito de la foto: Pazmiño / archivo de la familia Bravo Arauz. 

lunes, 20 de enero de 2025

Antiguas librerías de Quito


Quito ha contado, a lo largo de su historia, con una buena cantidad de librerías. Las primeras fueron instaladas en el Centro Histórico. De estas, la mayoría cerró y quedan pocas. En esta crónica de Bolívar Bravo Arauz se destaca la historia de las librerías del ayer y sus fundadores. 

Fotografía: La papelería y librería localizada en la parte baja del Palacio de Carondelet en donde hasta ahora funcionan los locales comerciales, en la intersección de las calles García Moreno y Chile. 

Crédito de la foto: INPC. 



Antiguas librerías de Quito

No conocemos que en la época haya florecido el establecimiento de librerías. A los libros se los traía subrepticiamente.

Hasta llegan las noticias, de este siglo, que se había instalado una gran librería Sucre de Bonifacio Muñoz en el año de 1907. En el año 1906 se fundó en Quito el diario el Comercio que está celebrando 75 años, tres cuartos de siglo para honra y orgullo del país y del continente americano. También el Banco del Pichincha de gran prestigio.

La Librería Sucre estaba situada en el antiguo Pasaje Royal, de Vásconez, Durini y Miranda, hoy Pasaje Amador en la calle García Moreno. Muñoz era quiteño que amaba a su ciudad y tenía pasión por la cultura. Su librería tenía muchas estanterías con miles de volúmenes que comprendían todas las secciones: Ciencia, arte, literatura, con distintos géneros y autores consagrados. Era una novedad  y un logro para la ciudad y para la época, se trataba de un hombre de visión.

Al año siguiente, en 1908, se inauguró con gran alborozo el Ferrocarril del Sur, grandiosa obra de Eloy Alfaro.

Muñoz publicó muchos catálogos y culturas bibliográficas con amplio conocimiento de la materia una nueva modalidad de interesar a la juventud estudiosa.

En 1918 se editó el importante catálogo especial de autores extranjeros y en 1920, el de autores ecuatorianos, dedicado a Guayaquil en el primer centenario de su independencia.

En el año 1919, el Ilustre Concejo Municipal, apreciando su valiosa obra de cultura, le otorgó una mención, cuyo diploma lleva el siguiente texto: La Municipalidad de Quito al don Bonifacio Muñoz, le concede este diploma de honor por su propaganda en pro de la cultura intelectual del país en el ramo de la librería. Quito, 10 de agosto de 1919. El presidente Dr. Abelardo Montalvo y el secretario J.B.Castrillón. 

Bonifacio Muñoz instaló una sucursal en Guayaquil. Traía las últimas novedades en el ramo de librería, sobre todos los temas y de diversas casas editoras.

Su hermano Leonardo J. Muñoz también ha consagrado su existencia para formar la biblioteca más completa de autores nacionales, poseyendo mas de 10 000 volúmenes. Tiene ediciones rarísimas, colecciones completas de revistas de diversas épocas, Revista América, Caricatura Cocoricó, Vejeces y Novedades de la Academia de Historia que llenan varios volúmenes de la Casa de la Cultura, etc. Llama la atención la colección más completa de hojas sueltas de la colonia y muchas de ellas de carácter polémico. Ha sido un coleccionista. Su hijo es el doctor Aníbal Muñoz. La biblioteca está situada en la calle Loja.

Otras librerías fueron las de don Antonio Rivadeneira, en la calle García Moreno, entre Mejía y Olmedo. Vendía toda clase de textos de medio uso, devocionarios, libros de lectura como el Lector Ecuatoriano, textos de G.M. Bruno de Torres Quintero, el Lector Moderno de Aplettton, etc. Se le conocía con el sobrenombre de Mapapelotas.

Otra librería fue la de don Antonio Lucio Paredes. Tenía obras escogidas y valiosas. A ella acudían los intelectuales.

Hoy tenemos numerosas librerías en Quito. Hay la Librería Científica, la Universitaria, Su Librería, librería Selecciones de Muñoz Hermanos, librería Nacional y otras.

Pero merece mención especial la de un educador, la Central de don Carlos Romo Dávila, en la calle Mejía y Benalcázar. Una biblioteca con obras de diverso género. Tiene también libros antiguos muy valiosos, tanto nacionales como extranjeros. Don Carlos presta los textos a los estudiantes y a los obreros que desean ilustrarse tan solo con la presentación de carnet estudiantil y sin ninguna garantía.

Su único afán es difundir la cultura por todos los medios. A Romo se le debe el establecimiento del concurso del libro leído, oral y escrito que continuó con éxito por muchos años. Es fundador de varios planteles educativos y publicaciones pedagógicas de gran valor, dedicadas especialmente a la escuela activa.

Por Bolívar Bravo Arauz para El Comercio en la Sección del Recuerdo